Voluntariado en los hospitales

 ACOMPAÑAR al enfermo 

Si quieres saber hasta dónde puede llegar tu entrega apúntate con un grupo que visita a los enfermos en los hospitales anudándoles en las horas de soledad e incertidumbre ante la enfermedad. “El verdadero sentido de la vida y del dolor sólo se puede entender desde una perspectiva situada más allá de la muerte.” 

Es fácil ser generosos cuanto tenemos la certeza, aunque sea pequeña, de que nos será devuelto o recompensado ese favor o de que será apuntado a nuestra cuenta de méritos. La gratuidad, en cambio, es más propia de esa caridad cristiana que, además de dar, se entrega. Mira a la Cruz y contempla esa conmovedora gratuidad del amor de Cristo, entregado hasta el extremo por todos y desconocido por tantos. Así ha de ser tu entrega: sin que tu mano derecha sepa lo que hace la izquierda. Y tu Padre que ve en lo escondido te lo pagará.

¿Qué clase de caridad es aquella que se da a aquellos que pueden recompensarnos y rehúsa acercarse a los que nunca conocerán o valorarán nuestro don?

Sólo unos pocos supieron ver, más allá del aparente fracaso de la Cruz, el mayor amor y el corazón más hermosamente entregado. Y pocos son los que, a contracorriente, viven su entrega y su fe con ese ánimo desprendido de reconocimientos humanos, de buena opinión ajena, del agradecimiento de los demás. Si tu generosidad no está dispuesta a entregarse así, hasta el olvido de la Cruz, poco o nada saborearás de ese verdadero amor que sólo Dios sabe regalar al alma pobre y desprendida.

Dios Padre no dudó en entregar a su Hijo Amado aun sabiendo que, en muchas almas, esa entrega nunca sería aceptada, conocida ni correspondida. Atesora en tu alma esa riqueza única, exquisita, de quien sabe entregarse como ese Hijo Amado, aun sabiendo que tu caridad pueda caer entre las piedras y las zarzas del olvido, de la crítica, de la incomprensión o de la burla.  

“En sus acciones, no busque ni el mayor ni el menor mérito, sino que el mayor honor y gloria a Dios”. P. Pío

A nadie le gusta oír pronunciar la palabra muerte

por el respeto que la misma nos supone, pero evadir la realidad, olvidarnos de lo que llegará tarde o temprano, es absurdo. Por eso quien vive en Jesús y en María no debe temer la muerte, porque morirá también, como San José, en brazos de Jesús y en María. El que debe temer la muerte por las cuentas que se le pedirán debe ser el pecador que no se arrepiente, que no cambia de postura, que niega la existencia de Dios para justificar sus malas acciones, y que vive impenitente.

La muerte biológica es algo inherente a nuestra naturaleza humana, limitada. Es un castigo por el pecado original que Dios impuso en el Paraíso: «lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte y así la muerte se propagó a todos los hombres, porque todos pecaron»…(Rm 5,12). Por eso es algo que debemos aceptar con naturalidad y sin tener un temor exagerado a dejar de respirar y dejar de existir. La muerte fija al alma para siempre en el estado en que la encuentra, aceptando a Dios o rechazándole. De ahí, la importancia de la asistencia a los moribundos, porque en el último instante puede cambiar su destino eterno. Los sacerdotes que visitan a los agonizantes, o las personas que los rodean, deben procurar que se encuentren bien dispuestos a los ojos de Dios para que no se pierdan eternamente. Aparentemente el moribundo parece que está inconsciente; aun así, se debe procurar por todos los medios que reciba los sacramentos, porque lo que esté pasando en su interior no lo sabemos, y por nuestra parte debemos ayudarle a recibir el don que supera todo lo que el hombre puede hacer: la gracia a través de los sacramentos.

Cristo, que en todo fue semejante a nosotros menos en el pecado, también quiso padecer la agonía de la muerte y, no ha habido ni habrá otra tan dura como la suya. Sintió tedio, tristeza, angustia, sudó sangre, su agonía era tal que le hizo exclamar al Padre Celestial que le librara de la misma, si era posible sin resistirse a su Voluntad. Pero el Padre Celestial no lo libró y tuvo que seguir adelante hasta que llegara su hora definitiva. La agonía de cualquier moribundo no se puede comparar con la de Cristo. La de Cristo en el huerto llena de tristezas, de temores, de afanes, de espantos. Él no quiso librarse de esta terrible situación por la que muchísimos cristianos tendrían que pasar. La agonía es la prueba final de la vida y la frontera hacia la eternidad. Pero junto a la prueba está la gracia especial de esta hora. No en vano el Espíritu inspiró la oración del Ave María para que el cristiano se proveyera abundantemente de esta gracia rezando muchas veces a lo largo de su vida: “ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.” Resistirse a esta gracia, verdadera ancla de nuestra salvación, es nada menos que pecar contra el Espíritu Santo.

LA UNCIÓN DE ENFERMOS
Los sacramentos fueron instituidos por Jesucristo y no pueden hacer mal alguno a quienes se les administran, agonizantes o no. El Señor todo lo hace bien, y estos últimos auxilios son un  verdadero consuelo para quienes los reciben. Algunos enfermos incluso recobran la salud, tales son sus efectos. Pero si no recobran la salud, todos necesitamos en ese momento ser fortalecidos para partir hacia el Más Allá, que tanto miedo nos da.

El papel de la Santísima Virgen en todas las situaciones de la Iglesia.
Ella es Madre de todos los cristianos, pero ama a cada uno de forma especial, porque sabe que le costó muy caro a su Hijo nuestro rescate. Pues si Ella nos ayudaría en cualquier circunstancia, no hace falta decir el celo que despliega en la fase terminal de nuestra vida, en nuestra agonía o últimos momentos, lo mismo que San José su esposo, Patrono de la buena muerte. La Virgen no se quedará de brazos cruzados ante la súplica contenida en el Ave María, que un católico corriente durante su vida ha dicho cientos de veces.

Si los agonizantes deben ser para nosotros un colectivo a tener en cuenta de forma muy especial en nuestras oraciones, sacrificios y acciones, para la Virgen los agonizantes son como el compendio de su Maternidad, pues la que es Madre de las almas no puede quedar indiferente ante el lecho de muerte de las mismas. Ella en esos momentos intercede de forma especial para que el alma cruce la línea de esta vida a la otra y sea embellecida por el manto de sus virtudes con el que la recubre. Esto no solo nos lo dice la fe y la lógica, sino las muchas revelaciones de la Virgen a determinados místicos. Ella quiere que las almas se salven porque su Hijo las rescató a gran precio (1 Cor 6,20), y en esos momentos en que Satanás trabaja afanosamente para perder al alma, la Virgen trabaja aun más y pide por las almas sin tregua alguna. Y el poder de María es muy grande, porque es la Madre de Dios, pero Satanás también intenta por todos los medios a su alcance que esa última batalla la pierda el alma y se condene eternamente. Insisto, para que la acción de la Virgen y de la gracia divina no sean baldías en el agonizante, hay que rezar mucho para que su alma esté en las disposiciones idóneas para que se abra a la gracia de Dios.

Los enfermos y agonizantes tienen derecho al cuidado espiritual, no solo al cuidado físico. Es muy importante ayudarles a prepararse para su encuentro definitivo con Dios. No es bueno engañarles diciéndoles que no pasa nada, que todo está bien. Es el momento de las últimas decisiones y de las grandes verdades ante la Vida Eterna que les espera. ¿Cómo ayudarles? Acompañándoles con nuestras oraciones, ayudándoles a ofrecer sus propios sufrimientos en unión a los de Cristo en la Cruz para la redención de todos los hombres, facilitándoles y animándoles a que reciban los sacramentos. 
El Catecismo sigue diciéndonos: se puede decir que la Penitencia, la Santa Unción y la Eucaristía, en cuanto Viático, constituyen cuando la vida cristiana toca a su fin, “los sacramentos que preparan para entrar en la Patria” o los sacramentos que cierran la peregrinación. 
A la vista de todo lo expuesto en este artículo, ayudemos amorosamente a los agonizantes a estar preparados para este “tránsito” que todos vamos a pasar, porque además de ser el mejor consuelo, es un deber sagrado.

ORACIÓN ANTE EL SUFRIMIENTO:

“ya no es posible que siga, / Jesús el arduo sendero. Le rinde el plúmbeo madero. / Le acongoja la fatiga. / Mas la muchedumbre obliga a que prosiga el cortejo. / Y la muerte se detiene / ante Simón de Cirene, / que acude tardo y perplejo. Pudiendo, Jesús, morir, / ¿por qué apoyo solicitas? /  Sin duda es que solicitas / vivir aún para sufrir. / Yo también quise vivir, / vivir siem-pre,  vivir fuerte. / Y grité:  Aléjate, muerte. / Ven tú, Jesús cireneo. / Ayúdame, que en ti creo / y aún es tiempo de sufrir”.

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