Disciplina

¿Qué es la disciplina? Una forma específica entre derechos y deberes, una forma de “solidaridad” moral con uno mismo.

Es acto de la voluntad y asume un carácter moral. Hay una “solidaridad natural”, la de los lobos y, hay una “solidaridad moral”, a la cual deben conformarse las relaciones entre hombres y entre naciones. La solidaridad existe en el mundo animal, en sus relaciones físicas y biológicas. Pero en el mundo de lo humano, la solidaridad es un reflejo de la voluntad y, por ello, decimos que es “moral”.

No es solo solidaridad de hecho, sino que es también, solidaridad de deber.

Para tener un carácter de justicia, debe haber una disciplina con el deber de solidaridad. La justicia es una forma específica de interdependencia entre derechos y deberes, una forma de solidaridad moral. Si una nación quiere ser justa, es necesario, ante todo, que a cada nación le sea dado lo suyo, debe ser guiada por el principio de la cooperación, según la solidaridad moral. La justicia proporciona un criterio que da primacía moral a las ideas que surgen en torno a la solidaridad, da un equilibrio ético entre los derechos y deberes en el mutuo respeto de los derechos. Un orden moral es el fin de la solidaridad natural.

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El sentimiento moral

Decía Pio XII: “Cuánto más concienzudamente la competente autoridad del Estado respeta los derechos de las minorias, tanto más segura y eficazmente puede exigir de sus miembros el leal cumplimiento de los deberes civiles, comunes a los demás ciudadanos”… El Estado se persuadira de que (según confirman las ciencias biológicas) “la espontánea fusión  y asimilación de elementos afines no debilitan la estirpe” y que en consecuencia es, en la convivencia politica, condición esencial de vida y progreso en el orden y en la paz.

En un momento de crisis, como fue la Guerra en aquel momento, el Papa pedía que la conciencia tenía que atender a respetar los derechos naturales que impulsará a los Estados a reconocer también el ámbito de las poblaciones minoritarias, el derecho de los hijos a aprender la lengua materna, que la lealtad mantendrá vivo en estas poblaciones el sentimiento del deber de no descuidar la lengua del Estado al cual pertenecen, y no servirse de la lengua propia o de la propia escuela para combatir al Estado a que tales poblaciones están orgánicamente incorporadas.

Como para la cultura y para el idioma, así para la “capacidad económica” y para la “natural fecundidad”, los impedimentos intolerables y las limitaciones absurdas, en lugar de robustecer la cooperación, provocan profundas disensiones. En cuestión de justicia no gravar a las minorias con cargas fiscales abusivas, proporcionalmente superiores a las de la mayoría, y no excluirlas de la equitativa parte de los beneficios económicos dispuestos por el Estado en favor de los súbditos.

Si la ley moral prohíbe al hombre impedir o limitar la natural fecundidad, es absurdo pensar que leyes del Estado _”Qué son leyes de los hombres y para los hombres”_ fundandose en falaces principios de superioridad de un grupo étnico sobre otro, o en presunciones de íncapacidad productiva de determinados individuos, puedan limitar o negar el derecho a la vida en una determinada categoría  de ciudadanos; esto es, negar el derecho de obedecer al imperativo “crescite et multiplicamini”; negar finalmente a los enfermos, considerados como improductivos, el derecho de esperar en la vida, o también el derecho de hacer de sus padecimientos físicos un instrumento productivo de méritos espirituales.

La amonestación del Vicario de Cristo, dice aquí el profesor Gonella, de L’Osservatore Romano, parece coincidir con algunas situaciones actuales que han entrado a formar parte de nuestro código moral por otras vias, entonces no previstas; la cultura que mueve los hilos de forma persuasoria, con el miedo a las circunstancias que se salen de nuestro control: nacimientos imprevistos, el dolor ante la muerte, el miedo a grupos “diferntes”,.. Es siempre el miedo el que deja mayores problemas cuando no se confía y no se ordenan las dificultades a una razón bien fundada y, de por sí, más propia de nuestra naturaleza humana. Razón humana limitada pero capaz de prevenir, por la ayuda de Dios, siempre ha salido ganadora frente a aquello que impedía su pleno desarrollo.

Agape

Para celebrar mejor el sacramento y para poder vivir fructíferamente el nuevo mandamiento de Cristo: “Amaos los unos a los otros”.

En la Iglesia primitiva la eucaristía fue llamada simplemente Agape, es decir, “amor”, o Pax, “paz”. Así, los cristianos de esa época han expresado de una forma fácil de retener el vínculo inquebrantable entre el misterio de la presencia oculta del Señor y la praxis de servir a la causa de la paz, es decir, el esfuerzo de los cristianos para ser hombres de paz.

(Ap 4:8-11) “Y los cuatro seres vivientes tenían cada uno seis alas, y alrededor y por dentro estaban llenos de ojos; y no cesaban día y noche de decir: Santo, santo, santo es el Señor Dios Todopoderoso, el que era, el que es, y el que ha de venir. Y siempre que aquellos seres vivientes dan gloria y honra y acción de gracias al que está sentado en el trono, al que vive por los siglos de los siglos, los veinticuatro ancianos se postran delante del que está sentado en el trono, y adoran al que vive por los siglos de los siglos, y echan sus coronas delante del trono, diciendo: Señor, digno eres de recibir la gloria y la honra y el poder; porque tú creaste todas las cosas, y por tu voluntad existen y fueron creadas.”

En la Iglesia primitiva sólo serían importantes los frutos que produce la doctrina y serían indiferentes los caminos por los que se alcanzan las buenas acciones. La convicción general era que todo depende de estar en justa relación con Dios, de conocer lo que le agrada y cómo se le puede responder en forma correcta. Por este motivo, Israel ha amado la Ley, pues por Ella se sabía cuál era la voluntad de Dios; por Ella se sabía cómo se llevaba una vida justa y cómo se honraba a Dios correctamente: obrando Su voluntad, que proporciona orden al mundo, porque lo abre hacia lo alto. Esta era la nueva alegría de los cristianos, ya que entonces, por Cristo, conocían en forma categórica de qué manera Dios tiene que ser glorificado, y de qué manera, gracias a ello, el mundo se vuelve justo. Que ambas cosas están íntimamente unidas, lo habían proclamado los ángeles en la Noche Santa: “Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad” (Lc 2, 14). La gloria de Dios y la paz en la tierra son inseparables, pues allí donde se excluye a Dios se desmorona la paz en el mundo, y ninguna ortopraxis atea puede salvarnos, dado que no existe el mero obrar correcto sin el conocimiento de lo que es justo. La voluntad sin conocimiento es ciega, por eso la ortopraxis y las acciones sin conocimiento son ciegas y conducen al abismo.

El gran error del marxismo consistió en decirnos que se había reflexionado ya suficientemente sobre el mundo y que ahora tocaba finalmente transformarlo, porque si no sabemos en qué dirección tenemos que transformarlo, si no comprendemos su propio significado interior y su sentido, entonces la mera transformación sólo se convierte en destrucción, tal como hemos visto y vemos todavía. Pero lo inverso también es verdad: la mera doctrina que no se convierte en vida y en acción sólo resulta ser una prédica ociosa y en todo caso vacía, ya que la verdad es concreta. El conocimiento y la acción están íntimamente unidos, al igual que la fe y la vida.

“Eucaristía, comunión y solidaridad”, Benedicto XVI