El monte, lugar de la oración

“En aquellos días, se puso en camino María y se fue con prontitud a la región montañosa” (Lc 1, 39)

En el Antiguo Testamento (Gn 3, 15), en el protoevangelio, María está presente en un sentido literal, eminente; en la Anunciación del Ángel, María es la “Cuna del Salvador” y; en el Apocalipsis de san Juan (Ap 12, 1-17), María aparece dando a Luz un Hijo varón perseguida por el Dragón.

En el Evangelio de san Lucas se nos narra el anuncio de dos acontecimientos, uno seguido del otro: El nacimiento de Juan el Bautista y la Anunciación (Lc. 1, 26-38). Ambos vienen precedidos por el anuncio del ángel del Señor y su saludo contiene palabras que se repiten: “No temas…” Pero a María, el saludo está dirigido a alguien que va a ser Reina: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”, todo el mensaje del Antiguo Testamento se culmina en este instante, la promesa de esperanza mesiánica. Israel estaba esperando su verdadera liberación y la llegada de un nuevo Moisés que le liberara definitivamente. No esperaban un profeta que les dijera cómo liberarse de sus enemigos, sino de un nuevo Moisés porque éste hablaba cara a cara con Dios. Nadie había visto a Dios y sólo Moisés había hablado con Él como con un amigo. Sólo por esta relación podían provenir las acciones que realizaba y de esta conversación, la Ley que debía enseñar al Pueblo el camino a través de la historia para “preparar” la llegada del Mesías.

El primer anuncio vino de Moisés, profeta. El término profeta no significa adivino, no tiene el cometido de anunciar los acontecimientos del mañana o pasado mañana, poniéndose así al servicio de la curiosidad o de la necesidad de seguridad de los hombres. Un profeta “nos muestra el rostro de Dios” y, con ello, el camino que debemos tomar.

Todo el Evangelio consiste en que “en todos los avatares de la historia hay que buscar y encontrar el camino que lleva a Dios como la verdadera orientación”, dice J. Ratzinger.

“La fe de Israel en un solo Dios, es su transformación en la vida concreta de una comunidad ante Dios y en camino hacia Él”.

El camino es Jesucristo, es el verdadero Mesías que nos enseñó a tratar a Dios “cara a cara”, como un amigo que habla con el amigo. Su rasgo distintivo es el acceso inmediato a Dios. Él nos transmitió la Voluntad y la Palabra de Dios de primera mano.

DSC_0040Moisés habló con Dios y le pidió: “Déjame ver tu gloria” (Ex 33, 18). Pero Dios le responde: “Mi rostro no lo puedes ver” (33, 20), “Podrás ver mi espalda, pero mi rostro no lo verás” (33, 23). Pero Jesús nos dijo: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn 14, 9). A nosotros se nos otorga el don que se le negó a Moisés: Ver real e inmediatamente el rostro de Dios. La figura de Su rostro, dice el Evangelio, quedó impresa en el paño de la Verónica (Jn 19, 25-27). Jesús vivió ante el rostro de Dios como Hijo, en la más íntima unión con el Padre. Y Jesús nos ha hecho con Él, hijos de Dios: “Más a todos los que le recibieron, les dio potestad de ser hijos de Dios” (Jn 1, 12).

La doctrina de Jesús no procede de enseñanzas humanas, sino del contacto inmediato con el Padre, del diálogo cara a cara. Es la Palabra del Hijo. Tenemos su promesa de poder tener su misma relación con Dios, mirando a Jesús, vemos a Dios “cara a cara”. Pero, ¿cómo buscaba Jesús al Padre para hablar con Él? Se retiraba al monte y allí oraba noches enteras, a solas con el Padre. Sabemos que el Evangelio se refiere al Monte siempre como el “lugar donde Dios se aparece”. Desde que Abraham subió al monte con su hijo Isaac (Gn 22, 1-19), el Sacrificio está vinculado a esa primera prueba que pone Dios a la fidelidad del que iba a ser el primer padre de su Pueblo y guía espiritual.

Nuestra oración en el Monte es la Adoración que ofrecemos ante Jesús mismo en la Eucaristía, es contemplación “cara a cara” y participación en la comunión del Hijo con el Padre.

Hay una tesis de un exegeta alemán, que cita J. Ratzinger, Adolf von Harnack, según la cual el anuncio de Jesús sería un anuncio del Padre y el Hijo, como revelación del Padre, lo que sería es que la comunión de Jesús con el Padre comprende el alma humana de Jesús en el acto de la oración.

Por tanto, la oración tiene el don de conseguir todo del Padre, es poder verle a Él en comunión con el Hijo y, el Hijo en comunión con nosotros y esta acción es lo que realmente salva: el trascender los límites del ser humano, ya predispuesto desde el seno de María, como Esperanza, porque fuimos creados en la semejanza con Dios.

La vida llena de bienaventuranza es el canto del Magníficat y es un salmo espontáneo que entonó María al sentir la alegría de Dios dentro de su cuerpo.

Dios mismo se Encarna en el cuerpo de una Mujer y la bendice, la llena de gracia.

¿Podía María por sí misma llenarse de Dios? ¿No fue Dios mismo quien dispuso así la salvación de la Humanidad? ¿No amó Dios a la Humanidad y se hizo hombre de carne y hueso, con alma humana?

El Misterio está escondido en el corazón de María. Ella lo conoció y vivió unida a Dios desde el momento del “Si” a Dios. Ella dio su voluntad a Dios para que ocurriera el milagro y nadie pudo impedir que se cumpliera todo.

¿Qué tenemos que saber más?

Jesús promete quedarse con nosotros y, para ello, enseñó a sus apóstoles a celebrar la comunión con Dios ofreciéndose a Sí mismo como la Víctima por todas nuestras faltas.

El hombre de hoy ha perdido esta sensibilidad. La costumbre de celebrar la transformación del pan en el Cuerpo y la Sangre de Jesús para una comunión real con Dios se realizó desde el principio y se celebraba sobre las tumbas de los mártires, puesto que los mártires hacen presente el sacrificio de Cristo. El altar, el “monte” es la vida de aquellos que se convirtieron en miembros del cuerpo de Cristo y expresan así el culto nuevo a partir de su Muerte. El sacrificio es la humanidad que con Cristo se transforma en amor.

¿No es María el primer altar donde se dio culto a Dios? Ella lo llevó en sí, con su sangre, nueve meses. Dio su amor en sacrificio junto a su Hijo, a Dios Padre. Se ofreció a sí misma hasta la muerte. Ella nos enseña a ser el altar vivo de Jesús en este momento, en todos los tiempos.

Es difícil edificar altares donde no se conoce a Dios, como se vivía el culto en tiempos de Jesús. Los paganos adoraban a los dioses romanos y otros dioses extranjeros. Y Dios escogió a María como Madre de Jesús. Con Ella aprendió a leer, a orar, a mirar con amor (¿cómo miraría Jesús a su Madre?) y Ella también vivía en comunión con el Padre, porque María tenía al Espíritu Santo con Ella que le infundiría aquellas cosas que eran un misterio, que tendría que resolver con sabiduría.

Mientras tanto, los judíos, esperaban un nuevo Mesías como Moisés, “surgido de las aguas”, pues las aguas tienen un significado de nacimiento. Pero no desde un nacimiento como todos los hombres, así de humilde. Esa sencillez de Dios para con nosotros nos muestra cómo es Él, que no quiere que seamos tan escrupulosos como para rechazar a nadie por su origen, ni porque no tenga un rango superior. La Sabiduría de Jesús estaba en la autoridad de su Palabra que debía de ofender a aquellos que tenían el poder de juzgar por la Ley.

María, “Reina del Sagrado Corazón Eucarístico” significa un tiempo nuevo.

El cumplimiento de la profecía de la eucaristía que se cumplió en el momento de la Resurrección de Jesús, como dice Benedicto XVI en su libro “Sobre la esencia de la liturgia”, página 64: “Se anuncia el misterio del cuerpo de Cristo inmolado y cuerpo viviente que se nos ofrece que se nos ofrece, introduciéndonos, de ese modo, en la comunión real con el Dios vivo… La destrucción exterior del templo ya está en este momento cumplida y el culto verdadero nos introduce en la realidad de la unión del hombre con el Dios vivo.”

“Con la destrucción del templo se abre el nuevo universalismo del culto “en espíritu y verdad” (Jn 4, 23)

Somos realmente hijos de Dios si, en unión con María miramos el rostro de Dios “cara a cara” en Jesucristo. Esa relación, como un Padre, un amigo, nos la enseñó el mismo Jesús y Él mismo la vivía con su Madre y sus apóstoles.

¿Qué antecedentes tenemos de este culto espiritual? La comunidad de los esenios, en Qumrán ya se retiró al desierto para adorar a Dios con un “culto espiritual” después de la destrucción del Templo. Se piensa que San Juan Bautista pertenecía a esta comunidad e incluso, Jesús. Puede ser que aprendiera con ellos esta forma de culto y hubiera vivido así desde su infancia la relación de Hijo con su Padre, Dios.

La Carta a los Romanos 12, 3, es la respuesta cristiana a la crisis del culto de todo el mundo antiguo, dice (p.66) Joseph Ratzinger. Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual. La función del cuerpo en la comunión con Dios parte la palabra, que dice San Pablo; es el sacrificio, la oración que sale del hombre y lleva dentro de sí toda la existencia convirtiéndolo a él mismo en “palabra” (logos). El hombre que adopta la forma de logos y se convierte en logos mediante la oración; eso es el sacrificio, la verdadera gloria de Dios en el mundo que, el espíritu griego, lo elevaría después a la idea de la unión mística con el Logos considerado como el sentido mismo de todas las cosas. El sacrificio del Logos tan solo se cumple en el Logos incarnatus, en la palabra que se ha hecho carne y que arrastra a toda la carne hacia la adoración a Dios.

“Ahora ha entrado en la carne misma, se ha convertido en el cuerpo”.

El Logos asume nuestros sufrimientos y nuestras esperanzas, la expectación de la creación, y todo lo presenta a Dios… La Eucaristía es desde que la Encarnación sucede en el cuerpo de la Virgen María y después, desde la Cruz y la Resurrección de Jesús, nos entrega a Su Madre como hijos suyos, el punto de encuentro de todas las líneas de la Antigua Alianza; el culto verdadero, siempre esperado y que siempre supera nuestras posibilidades, la adoración en “espíritu y verdad”.

En el Sagrado Corazón traspasado de Jesús nace este nuevo culto, que está preparado desde el Principio y en el que Dios ha ido marcándonos el camino, preparándonos para verlo “cara a cara”, a tratarlo como un amigo, un Padre Misericordioso. En Su Corazón abierto, como el velo rasgado del Templo, vemos cómo es y quién es Dios. El Cielo está abierto allí donde esté Él, en el cuerpo y en la sangre.

CONCLUSIONES

  1. El culto cristiano, la liturgia de la fe cristiana no puede quedarse cerrada como una forma de culto en una sinagoga, aunque fuese así su comienzo. Su lugar es el Cuerpo de Cristo Resucitado. La oración de Jesús, su amor al Padre, su entrega con los brazos abiertos, ha hecho una sola identidad del cristiano. El sacrificio de la Nueva Alianza es el “culto espiritual” (Rom 12, 1).
  2. Esto significa la libertad y universalidad del culto cristiano que no se cierra a la comunidad que se reúne en un lugar determinado. La humanidad sale al encuentro con Cristo. Es la escena de la Visitación: María, nuestra Madre, sale a buscar a su prima, también embarazada, y nos niños saltan de gozo en sus vientres. Ese es el mensaje del Magníficat; la “visitación” representa que llevamos a Jesús vivo en nuestro cuerpo y se alegra de encontrarse con el otro a quien siempre bendice y le da la buena noticia de la salvación. Porque es unión filial con Dios, por Jesucristo. Es la única Iglesia, la asamblea de todos los hombres en torno a Dios.
  3. Finalmente, todo esto nos pone una dimensión nueva de la liturgia cristiana, dice el Papa emérito en su libro. La liturgia cristiana es la liturgia de la promesa cumplida, pero sigue siendo la liturgia de la esperanza. El nuevo templo está presente, pero en “construcción”. Es una liturgia que esperamos con la nueva venida de Jesucristo, cuando Dios lo sea “todo en todos”. Ese mensaje sigue en manos de María, porque Ella es portadora de “Toda la gracia”. Sin Ella no está Jesús con nosotros. Debemos entender el modelo de madre que Dios ha escogido para conducir a la Humanidad junto con su Hijo a la salvación. Es Ella quién dia-loga con Jesús e intercede en cambiar nuestros corazones para que, abiertos con el de Su Hijo, veamos un día a Dios cara a cara.
  4. BIBLIOGRAFÍA
  5. Ratzinger: El espíritu de la liturgia y Jesús de Nazaret, libro 1º.

Evangelios: Lc 1; Jn 29; Hch 1 y 2

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