La razón del amor

Amarse“el fin parece a cada cual según él mismo sea”, dice Aristoteles. Cada cual juzga sus propios fines de acuerdo con lo que cada uno es realmente..

El racionalismo ha influido en nuestros sentimientos. Ahora evitamos expresar lo que verdaderamente es más nuestro, que son nuestros deseos y la importancia que tienen para nosotros. Esto es, lo que amamos. Desde un racionalismo inflexible, lo importante para nosotros queda oculto e intentamos distanciarnos de ello. El deseo no atiende a razones.

Las creencias tienen su raíz en los deseos, su verdad ya no se expresa, así van dejando de formar parte de nuestra vida porque no accedemos a compartirlas. Ahí está el momento clave, cuando empezamos a desconfiar, es cuando las palabras que antes nos llevaban a lo que deseábamos y significaban la verdad de la vida ahora quedan enmascaradas como un problema.

Las palabras expresan los sentimientos y son algo más que signos lingüísticos, son parte de nuestro ser intimo, son sonidos del alma, entendida por aquella que nos da la información de lo que somos y lo de lo que somos capaces de comprender y desear.

Hemos dejado de sentir y a Dios se le conoce por el “sentir”. Amamos porque no nos expresamos y compartimos nuestros sentimientos. Ese amor está desinformado de nuestras razones porque todo lo que amamos y somos va unido a nuestra vida, y ésta la que hemos recibido, sin saber o sin obrar nosotros en plena conciencia. Esto forma parte de nuestro misterio.

En el lugar más íntimo de nuestro ser se esconden dudas o certezas. Vemos que formamos parte de algo grande y de alguien que quiere dejarnos su huella. Son estas las señales del amor y en algún lugar de nuestro interior está la razón de todo eso. Lo llevamos grabado. Es el corazón que no deja que nos olvidemos de escuchar nuestros sentimientos; nos enseña a perderemos entre esas huellas de amor porque pueden conducirnos a un lugar de encuentro con el aquel que nos ama.

Decía J. Ratzinger (Ref:1): 

“Quien intente hoy en día hablar de la fe cristiana a gente que ni por vocación ni por convicción conoce desde dentro la temática eclesial, advertirá bien pronto lo extraña y sorprendente que le resulta tal empresa. Es probable que enseguida tenga la sensación de que su situación está bastante bien reflejada en el conocido relato parabólico de Kierkegaard sobre el payaso y la aldea en llamas, que Harvey Cox resume brevemente en su libro “La ciudad secular”. En él se cuenta que en Dinamarca un circo fue presa de las llamas. Entonces, el director del circo mandó a un payaso, que ya estaba listo para actuar, a la aldea vecina para pedir auxilio, ya que había peligro de que las llamas llegasen hasta la aldea, arrasando a su paso los campos secos y toda la cosecha. El payaso corrió a la aldea y pidió a los vecinos que fueran lo más rápido posible hacia el circo que se estaba quemando para ayudar a apagar el fuego. Pero los vecinos creyeron que se trataba de un magnífico truco para que asistiesen los más posibles a la función; aplaudían y hasta lloraban de risa. Pero al payaso le daban más ganas de llorar que de reír; en vano trató de persuadirles y de explicarles que no se trataba de un truco ni de una broma, que la cosa iba muy en serio y que el circo se estaba quemando de verdad. Cuanto más suplicaba, más se reía la gente, pues los aldeanos creían que estaba haciendo su papel de maravilla, hasta que por fin las llamas llegaron a la aldea. Y claro, la ayuda llegó demasiado tarde y tanto el circo como la aldea fueron pasto de las llamas”.[1]

Por motivos naturales nos es fácil seguir a quien nos promete ayudar a alcanzar nuestros deseos; ellos han formado unas razones, las de nuestra natural forma de entender la vida y sumamos esfuerzos para pensar en esas promesas de felicidad porque alguien ha prometido que un deseo se va a cumplir. Algunos deseos llegan a ser formulados como aquello esencial en “justicia” y lo buscamos para tener la paz interior que necesitamos.

Pensamos que es nuestro esfuerzo lo que debemos poner en juego, pero es sólo eso lo que nos separa de aquel que nos ama; Él que ama no pide nuestro esfuerzo. Aún no hemos madurado en el amor si solo lo hemos entendido hasta ahí; en una cuestión de merecer. Todos merecemos ser amados, sin tener que ofrecer algo a cambio. Eso no es amor, es una mentalidad de economía. Dios vive por nosotros y no por razones, sino por amor. El misterio del amor se ha reducido hoy en día a un racionalismo económico, materialismo de reparto, eso son nuestros términos de lo finito que hay que apurar porque se termina. El Amor de Dios es infinito, es decir: lo que llena a unos no deja a otros vacíos, a la inversa, se multiplica exponencialmente.

El testimonio es el de los Profetas cuando dicen; el que cree en Él recibe, hay que expresar aquello que nos falta: “que todo el que cree en Él recibe por su medio el perdón de los pecados” (Hch 10, 43). Hay que comunicar nuestros deseos.

Es la fe en Él el lugar del encuentro con nuestro mayor deseo. Se cumplen donde nos unimos a su amor, donde se cumple el amor también está Él. Solo nos falta dar un paso: es una razón de corazón que no deja de ser algo ingenuo, según nuestro razonamiento cuando es del todo intelectual, es solo una ecuación lógica lo nos separa de Él. Hay que dar el paso que parece amenazar nuestra inteligencia y libertad ya que nos pide una acción lógica, dar nuestra voluntad. Porque hoy día entendemos lógicamente que este es el comienzo de una dependencia y nos parece entender que dejar de la mano a otro nuestro acto intelectual es perder. Cuando lo que nos ocurre es lo contrario; ganamos todo. Creer es el principio de todo deseo y la fe es alcanzar Amor con mayúsculas.

Aún así, según nuestra lógica, es un acto de voluntad y es un salto que da miedo; la fe queda fuera de nuestra línea de seguridad, es cortar el eslabón que sujeta nuestras razones y parece que para evitar romperse nos rompe a nosotros. Ahora, pensamos, vamos sin remedio a quedar esclavos de la cadena de Aquel en quien hemos confiado nuestra lógica de la vida, ya que Él es quien nos ha pedido fe, una acción de nuestra voluntad, es por algo que quiere de nosotros. Si ofrecemos ese voto de fe nuestra voluntad dejará de ejercer el dominio de nuestro intelecto, donde así pensamos. Y, el conocimiento de nosotros carecerá de sentido porque lo vital que nos llevaba hacia lo que deseábamos no podrá volver a ejercer dominio en nuestros actos.

Todo se funde en el nombre que “ocupa el lugar de Él mismo” (Sam 7, 13).

“El que quiere salvar su vida la perderá” (Mc 8, 35).

Al contrario de nuestros presupuestos, poner la voluntad en nuestros deseos no nos va a salvar. En esto Jesús se presentó y habló con autoridad. Nos lleva por un camino donde sólo vale la confianza. Así, al cuestionarnos todos los argumentos que hemos ido creando y que no nos han llevado a su destino, ni siquiera al mismo centro del obrar para ser dueños de nuestras acciones, la razón se recoge en su sitio y deja hablar al corazón.

Pero ¿Por qué obrar según la voluntad del Padre? Cuando el fin de un deseo es una persona, aquello que hacemos está justificado en la vida misma de esa persona y decimos que eso que deseamos es “justo”. Pero Jesús nos pide obrar por Él mismo, por su Persona, nos promete el Amor del Padre.

Nos dice así: “El que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí” (Mt 10 38-39). El mismo invita a nuestra libertad a tomar una decisión, la de confiar nuestra voluntad y hacer un voto de fe con tal extremo que quede ese voto por encima de todas nuestras “justicias”. Quien nos lo está pidiendo tiene escrito su Amor en una Cruz. No es razón con “justicia” nuestro querer; sino querer en el que tiene la verdadera justicia en el Amor.

“Mira: éste está puesto para que todos en Israel caigan o se levanten; será una bandera discutida” (Lc 2, 34), dijo el anciano Simeón de Jesús Niño.

Pobre el que le siga sin saber ciertamente quién es Aquel que les pide que dejen todo. Acabamos de tocar la clave de nuestro corazón, la justicia que pide a la razón el amor sin entender el fin.

Cit. Ref:[1] J. Ratzinger: “Introducción al Cristianismo”. 1968

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