Francisco de Sales, la sabiduría del corazón

ENTRE EL SABIO Y EL NECIO HAY UN VELO QUE SEPARA EL CAMINO

“El temor de Yahveh es el comienzo de la sabiduría; los necios desprecian la sabiduría y la instrucción.” (Prov. 1, 7) “La Sabiduría grita en las calles, en las plazas alza su voz. En la cabecera de los puntos más ruidosos clama, a las entradas de las puertas, en la ciudad, sus discursos pronuncia: “¿Hasta cuándo, fatuos, amaréis la fatuidad, y los escarnecedores se complacerán en el escarnio, y los insensatos odiarán el saber? Volveos a mi reprensión: he aquí que os comunicaré mi espíritu, os daré a conocer mis palabras.

Por cuanto he llamado y habéis rehusado, he extendido mi mano y nadie presta atención, y habéis desechado todo consejo mío y mi reprensión no habéis querido, también yo me reiré de vuestro infortunio, me mofaré cuando sobrevenga vuestro espanto; cuando llegue vuestro espanto cual un huracán, y vuestro infortunio como torbellino venga, cuando vinieren sobre vosotros angustia y opresión. Entonces me llamarán y no contestaré, me buscarán y no me encontrarán; por cuanto han aborrecido la ciencia y el temor de Yahveh no han preferido. No quisieron mi consejo, desdeñaron toda mi reprensión. Comerán, pues, del fruto de su proceder y de sus planes se saciarán. Porque la repulsa de los fatuos los mata y la indolencia de los insensatos los pierde. En cambio. En cambio quien me escucha habitará sin cuidado y tranquilo, sin temor de desgracia.” (Prov. 1, 20-33)

La sabiduría aparece como una señora, está llamando a un número de personas indeterminado a comunicarnos con ella, ya que ella está intentando llamar nuestra atención de muchas formas, “alza su voz” y se encuentra en las plazas, en las calles, donde se encuentra el mayor número de personas juntas (eso parece). Ella aparece como “mediadora” del Espíritu cuando existe temor de Dios (no dice temor al castigo, sino un sano odio al mal). Hay un requisito, el temor es el signo de ofrecer nuestra voluntad. Dios nos avisa por medio de ella y, Ella, cuando nos rodea comunica sus palabras, el Espíritu del Señor. Es la que comunica el Espíritu de Dios, la Mediadora necesaria para alcanzar la Vida y no perderse en la insensatez; ya que, según los textos del Evangelio, no llegamos a conocer a Dios sin “mediación”. Esa mediación exige el aceptar la instrucción con “odio al mal” (Prov. 8, 13), con temor, todos; hasta “el sabio y acrecentará doctrina” y “el inteligente adquirirá destreza”. (V. 5) “Volveos a mi reprensión”; pide nuestra conversión. “Os daré a conocer mis palabras”, pide un encuentro; pide dialogar con nuestro mal para cambiarlo con el espíritu. Lleva intentando comunicarse un tiempo sin conseguirlo, eso indica que hay que buscarla, no se da de forma inmediata. Se alcanza la sabiduría escuchando a Doña Sabiduría (personificada en una mujer), en el capítulo 7 ya aparece Sabiduría con mayúscula, “llama” y la Inteligencia aparece igualmente con mayúscula y es la que “emite su voz”… “amo a quienes me aman; y los que me buscan me hallan”. (cap. 8, 17). “Yahveh me creó al principio de su proceder”: es la primera Criatura. La Sabiduría, dos personificaciones diferentes de Doña Sabiduría “verdadera” y sabiduría de “simulación de corazón” (Prov. 7, 10), dice; “bulliciosa y desenfrenada, sus pies no podían parar en su casa”. Presenta una imagen personificada de la falsa sabiduría que nos seduce con sus extravagancias, con sus movimientos que nos llama la atención, que seduce con “gran parlería” (v. 21). “Y como en lazo es atrapado un ciervo” (cap. 7, v. 22)

F. SalesSan Francisco de Sales, enseña la sabiduría del corazón: 

En este mes de agosto se acaban de cumplir 450 años del nacimiento de san Francisco de Sales, un santo de los años difíciles de las guerras religiosas en Europa, en las que el cristianismo fue secuestrado por las ideologías y la omnipotente razón de Estado. Precisamente por haber vivido en tiempos en los que muchos pensaban que la única forma de defender las diferencias religiosas, por no decir políticas, era a golpe de espada, Francisco es un santo muy oportuno para nuestros días. No solo fue un precursor de la presencia activa de los laicos en el seno de la Iglesia, partiendo de una profunda vida interior, sino que también fue conocido como el santo de la dulzura y de la paciencia, pese a que todos los testimonios son unánimes en señalar que tenía un carácter fuerte.

Francisco de Sales fue nombrado, a principios del siglo XVII, obispo de una Ginebra de mayoría calvinista, en la que el culto a Dios y al César no estaba diferenciado. Casi un siglo de luchas religiosas podían haber hecho su labor imposible. No pocos pensarían que la única forma de que un obispo católico pudiera volver a residir en Ginebra, pues Francisco vivía “exiliado” en la cercana Annecy, sería por la fuerza de las armas. Hubiera bastado, por ejemplo, una entrada por sorpresa de los ejércitos del católico duque de Saboya en la ciudad suiza para resolver la cuestión. Así sería más tarde el sistema político de Westfalia (1648), que sirvió para confirmar que la religión de los gobernantes habría de ser forzosamente la religión de sus súbditos.

No pensaba así el obispo Francisco, pues su espiritualidad le hacía desconfiar de reformas y reformadores que se quedaban solo en lo externo. La verdadera reforma tenía que nacer del corazón. En su Introducción a la Vida Devota, escribe:

“Por el contrario, hay que empezar por el interior… Quien tiene a Jesús en su corazón no tardará en tenerlo en todas sus acciones… Quien gana el corazón del hombre, gana por entero al hombre”.

Todavía hoy seguimos sin asimilar este consejo, y estamos persuadidos, en la mayoría de los aspectos de la vida, que son las normas, escritas o de uso social, las que únicamente contribuyen a configurar al individuo y a la sociedad. Somos, en gran parte, tributarios de la ética formalista de Inmanuel Kant o de la teoría pura del Derecho de Hans Kelsen. Y no es que las normas no sean importantes, pero como diría Pascal, nacido en 1622, el mismo año de la muerte de Francisco de Sales, el corazón tiene razones que la razón no comprende.

Francisco fue conocido como hombre de paciencia, y quien tiene paciencia, es propenso al diálogo que no ha de ser entendido como una opción para la síntesis de ideas contrarias. Por el contrario, el diálogo es una oportunidad para la sencillez y la naturalidad, un momento para proponer, no para imponer, y tampoco para tergiversar las convicciones propias o ajenas. El auténtico diálogo es el que nace del corazón. Sigamos este consejo del santo obispo de Ginebra:

“Es necesario que nuestras palabras salgan del corazón antes que de la boca. El corazón habla al corazón, y la lengua solo habla a los oídos”.

Francisco de Sales da muestras en su vida de un carácter semejante a la de los grandes personajes bíblicos. Tiene la paciencia de David y la sabiduría de Salomón, sabiendo combinar la inteligencia con el corazón, lo que no deja de ser un reflejo de un Dios que no se queda en el exterior sino que se acerca al interior del hombre. Pocos años antes de ser obispo, Francisco demostró celo apostólico en el trato con los calvinistas, pero no obtuvo ningún éxito. Seguramente fracasaba por limitarse a exponer razones, argumentos de índole teológica, como si se tratara de una lucha de esgrima, en la que habría que aprovechar el punto débil del adversario para dejarle tocado. Esto me recuerda lo que decía Aramis, el mosquetero de Dumas que nunca llegaba a ordenarse sacerdote, de que se había batido en duelo por culpa de una afirmación de san Agustín en la que él y su adversario no estaban de acuerdo.

La reacción de algunas personas ante la oposición de los calvinistas habría sido una deriva hacia el espiritualismo y el rigorismo teológico. No actuará así Francisco de Sales, partidario de un humanismo devoto, en el que resulta imprescindible intentar no perder la paciencia, aun a riesgo de parecer frágil y vulnerable a los ojos de algunos. La dulzura de carácter de Francisco de Sales, que no tiene prisa y está siempre dispuesto a escuchar a las personas, es el resultado de su paciencia y del completo abandono en las manos de Dios. Con estas armas, tan poco llamativas y fundamentadas en su fe, Francisco será a la vez fuerte y valiente.

Fuente, 30 de enero, 2018: http://www.paginasdigital.es
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