En qué consiste la Consagración

NECESIDAD de “DAR RAZÓN DE SU ESPERANZA” (1 Pe 3,15)

Estimados hermanos y amigos:

La vida religiosa forma parte de la vida de Dios que se hace presente a través de personas concretas en el mundo y, de esta manera y de otras más, Dios actúa por medio de signos sensibles comunicando la salvación al hombre de hoy. La Iglesia es la estructura que Dios pensó en la Historia de la salvación. Así como una escalera tiene peldaños y se asciende o desciende por ella, así la Iglesia, a través del tesoro de los sacramentos, ritos y tradiciones, contempla la vida como una vía para aprender los misterios divinos y dar culto a Dios, para formar todos unidos el Cuerpo Místico de Jesucristo, la Cabeza y sus Miembros que, a través de los signos sensibles, se va santificando.

Cristo está presente en los signos litúrgicos, en el sacerdocio, en la persona del ministro, y en especial en los sacramentos, en la Sagrada Eucaristía. Pero también está en la asamblea reunida en Su nombre, donde dos o más se reúnen para orar o pedir Su intercesión para la salvación de las personas. De manera que la Iglesia completa, el Papa, sus ministros y todos los religiosos y laicos bautizados forman el Cuerpo Místico de Cristo. Esto significa que siendo Su Cuerpo recibimos la gracia de Su vida inmortal, la Vida Eterna, siempre y cuando estemos en condiciones de poder recibirla, pues se requiere recuperar la semejanza que imprimió Dios al hombre al principio. La semejanza es el don de la amistad con Dios, la relación que nos hace ser hijos en el Hijo y que se adquiere por el Bautismo y al recibir los sacramentos.

Los laicos somos el Pueblo de Dios, peregrinos en el mundo, afectados por las culturas y las modas de los tiempos, pero elegidos igualmente para participar de la gracia y la vida eterna. Al Consagrarnos al Corazón de Jesús RECONOCEMOS SU DIVINA REALEZA EN NUESTRA VIDA, aceptamos libremente su reinado y le hacemos la ofrenda voluntaria y absoluta de todo lo que somos y de todo cuanto tenemos, obligándonos en fidelidad a servirle en lo que nos pida, porque todos participamos de la misión de la Iglesia; de llevar a todo el mundo el mensaje, la buena noticia de la salvación.

Tres actos o partes afectan a la Consagración al Corazón de Jesús:

Un acto de la inteligencia; un acto de la voluntad y un acto de ofrecimiento y acción de gracias. Dice Santa Margarita María: “El Corazón de Nuestro Señor me ha declarado: Que desea que sus amigos se lo entreguen todo a Él porque quiere todo o nada. Me impulsa a que os diga que no temáis abandonaros a Él sin reserva”.

“He aquí una palabra que mi corazón deposita en el vuestro. Sencillamente os diré mi parecer: que, si queréis ser del número de los amigos del divino Corazón y hacer una cosa muy agradable a Dios, debéis consagraros a este divino Corazón, si no lo habéis hecho ya”.

“El Sagrado Corazón_ dice santa Margarita_ quiere establecer su imperio en los corazones de los grandes de la tierra por medio de la consagración que hagan de sí mismos: desea que se le dedique un edificio donde esté la imagen de este divino Corazón, para recibir allí la consagración (de la nación representada) por el rey y toda su corte”.

Lo que reclama Nuestro Señor de los pueblos y de sus jefes, lo pide a las sociedades particulares, a las familias y sobre todo a cada uno de nosotros.

La consagración no es un acto transitorio que se termina con la lectura de la fórmula donde está expresada, sino que es el principio del reinado absoluto del Corazón de Jesús en nosotros; es la entrada de una nueva vida, vida transformada completamente por el amor divino, vida de abandono y de sumisión al Corazón de Jesús. Para conservar en su primer fervor las santas disposiciones que ordinariamente produce este acto en las almas conviene renovarla con frecuencia.

Acto de consagración al Sagrado Corazón de Jesús

“Yo… entrego y consagro al Sagrado Corazón de Jesús mi persona y mi vida, mis acciones, trabajos y sufrimientos, para no servirme ya de ninguna parte de mi ser sino para amarle, honrarle y glorificarle. Esta es mi voluntad irrevocable: ser todo suyo y hacerlo todo por su amor, renunciando de todo corazón a cuanto pudiera desagradarle.

Corazón lleno de bondad, justifícame ante Dios Padre y desvía de mí los rayos de su justa cólera.

¡Corazón de Amor!, pongo toda mi confianza en Ti, pues todo lo temo de mi debilidad, pero todo lo espero de tu bondad. Consume en mí todo lo que te pueda desagradar o resistir. Que tu amor se imprima en lo más íntimo de mi corazón de tal modo que jamás pueda olvidarte ni separarme de Ti.

Te suplico por tu bondad, que mi nombre esté escrito en Ti, porque toda mi felicidad es vivir y morir en calidad de esclavo tuyo. Amén”.

Tomado del “Reinado del Corazón de Jesús”.

Es indispensable penetrarse bien de la importancia del acto de consagración, para no hacerlo a la ligera, porque su grandeza es muy sublime y muy serios los deberes que impone. Es la aceptación libre y voluntaria de la realeza del Corazón de Jesús; aunque la consagración considerada como tal no impone obligaciones nuevas, al hacerla contraemos la solemne obligación de cumplir fielmente el mandamiento que Nuestro Señor llama en el Evangelio el primero y principal “Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas”.

Santa Margarita María, conforme al deseo de Jesús le expresó, inauguró el culto del Corazón de Cristo en el noviciado del monasterio de Paray le Monial, con un acto de consagración pronunciado en nombre de todas las novicias.

Siendo esta consagración una especie de contrato acordado entre el Corazón de Cristo en una comunidad, debe hacerse con cierta solemnidad en presencia de todos los miembros. Conviene que todos aquellos que tengan edad para hacerla se preparen con los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía para este acto tan importante.

La consagración debe ser pronunciada delante del altar y en presencia del sacerdote que dará la bendición e impondrá la medalla con la imagen del Corazón de Jesús traspasado y coronado de espinas.

El Corazón de Jesús se recibe como un modelo nuevo de vida, de humildad y de dulzura, de caridad y misericordia, se pureza y desprendimiento. En esta consagración se pide al Corazón de Jesús que regenere nuestra vida, nuestra familia y nuestros afectos, que nos haga herederos de su Amor y no deje que nos separemos nunca de Él.

A saber, cada persona que se acerca al altar para consagrarse al Corazón de Cristo es signo de su elección, Él nos llamó primero y nosotros hemos respondido a su llamada. Esta elección por parte de Jesús es un designio atemporal, eterno como el propio Dios. Que Jesús haya elegido a una comunidad, a unas personas, muestra que quiere establecer en ellas una alianza, como marco en el que se desplegarán las virtualidades de elección. Lo que hacemos en favor de Jesucristo es reconocer que se ha sido elegido, ratificando así libremente la elección divina (del “El Don de Dios”, J. L. Ruíz de la Peña)

DIOS SEA BENDITO