Eternidad significa Comenzar

Es tiempo de preparar el camino. La Navidad es un Tiempo Litúrgico donde encontrarnos con el Salvador, que como un Niño, habla un lenguaje sencillo para los sencillos  e incomprensible para los complicados de corazón. Porque todo estaba oscurecido y vino como una luz en nuestra propia noche. Su humildad fue la señal de la rotundidad de sus palabras, para que nadie quedara excluido de su Anuncio. Todos fueron llamados a buscarle en esa estrella que vino de lo alto y se posó en un lugar en el mundo donde nadie le supo entender y donde es necesario todo un camino de la Iglesia para estudiar su legado, sus palabras y su vida, que nos siguen explicando un Misterio de Salvación eterna.

La sombra de nuestro cuerpo, la identidad de nuestra persona, nos acompaña siempre en el camino de la vida, pero, ¿qué pasa cuando vemos que el sol se oculta en el horizonte? ¿cuándo termina un camino y nuestra identidad personal se siente sin fuerzas para innovarse, para levantarse de nuevo? Hay momentos que invitan especialmente a preguntar a Dios, ¿y, ahora qué? cuando el tiempo se para, ante la enfermedad, ante la pérdida,.. y Dios responde con un profundo silencio. Un silencio que nos devuelve la misma pregunta ¿Qué has hecho con tu vida? ¿Dónde posaste tus ojos al caminar? Dios sí responde. Toda nuestra vida está iluminada con sus respuestas, más ahora es cuando sabemos entender el lenguaje con el que ha escrito en nuestra vida; es un lenguaje lleno de sentimientos, lleno de amor. En algunos momentos podemos ver que aquello que importa es el amor que hemos dado, el que hemos recibido. Que nadie nos puede cambiar esa experiencia por otra cosa; ni por dinero, ni por fama, ni por méritos. Es un sentimiento que no se puede explicar porque está grabado en lo más profundo de nuestro ser, está en el alma.

Es el famoso “ka” de los egipcios quedaba impresa en las estatuas de los que se iban a la eternidad. Los egipcios visualizaban el alma, “ka”, como una sombra; una sombra clara, de una proyección coloreada, pero etérea. A su lado, la sombra negra era “khaïbit”, considerada como su doble. Mientras el hombre vive, se exterioriza en su sombra negra; al desaparecer en el instante de su muerte, la función del doble es recogida por el “ka” y por la memoria.

Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos: la Palabra de la vida (pues la vida se hizo visible), nosotros la hemos visto, os damos testimonio y os anunciamos la vida eterna que estaba con el Padre y se nos manifestó. Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos, para que estéis unidos con nosotros en esa unión que tenemos con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Os escribimos esto, para que nuestra alegría sea completa. (Jn 1, 4)

El cristianismo ha conocido la Revelación de Dios, la salvación eterna es para quien se acoge al Mensaje que nos dejó Jesucristo. Pero, ninguna generación tiene el mismo horizonte de comprensión, ninguna época está conmovida por las mismas preocupaciones, ninguna cultura plantea las mismas preguntas que la anterior, ni todos los hombres manifiestan su espíritu por las mismas cosas. Aún así, el Misterio de Cristo supera todas nuestras formas de pensar la vida y de plantearnos el conocimiento del mundo. La fe en Jesucristo se caracteriza porque nos invita a ir más allá de todos estos límites y buscar respuestas nuevas en los problemas nuevos.

Hoy estamos ante una crisis de identidad, quizás por haber encontrado lo que creemos que es un criterio de “libertad”. Una “libertad” para decidir cómo queremos vivir esa “sombra” o vida, “khaïbit” según los egipcios de la Antigüedad. Si nos preguntamos cuál era la función que tenía el hombre en ese tiempo que representa su “sombra”, la cultura antigua nos hablaría de “aquella que asegura una gloria imperecedera y que mantendrá siempre en la memoria las generaciones sucesivas su recuerdo vivo”; “kalos thanatos”, “bella muerte”. “Sombra” denominaban a la vida los egipcios, porque ésta define el tiempo ya que marca exactamente el paso de la luz perfilando nuestra silueta según el recorrido del sol, mientras que la noche carece de sombra y se identifica con la muerte, pues ya no hay tiempo, nuestra sombra no aparece cuando caminamos. En la Antigüedad, el hombre estaba sujeto al tiempo, al movimiento del cosmos y el sometimiento de su naturaleza a ese tiempo que se leía en los astros, donde los griegos habían puesto a sus dioses. La Revelación irrumpe en el tiempo con el movimiento de un astro que deja una estela luminosa y viene a cambiar el destino esclavo del hombre, que vivía como una sombra, como “khaïbit”. El hombre se había fabricado “eidolon”, una imagen sin sustancia; ídolos a los que ganar sus favores y ganar algo de felicidad en ese tiempo efímero que terminaba en un vacío. La historia estaba llena de relatos etiológicos que ofrecían una alternativa metafísica a la vida del hombre. La magia, las leyendas de “colossos”, imágenes fabricadas para ser animadas por un poder temible, venía a completar el vacío que tenía el hombre sobre su destino. 

La Cruz de Cristo reveló a los seres humanos, a menudo desventurados, que el Hijo de Dios nos habla de eternidad. Cuando se encarnó en María, pudo y quiso sufrir en su vida para manifestarnos su amor y mostrarnos el camino de la verdadera libertad. Nos mostró al Padre como la existencia verdadera de un Padre Bueno y Eterno, que es todo Amor, y nos dejó la Luz en el corazón, señal de su camino, para alcanzar esa Vida que el hombre no había conocido, que nos llamaba a ser libres en una Voluntad que no es la de nuestra capacidad, sino la Suya propia, como la mano que se tiende a un amigo.

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Qué ofrecer al Corazón de Jesús

“Ciertamente la plata tiene sus criaderos, y el oro, lugar donde se refina. El hierro se saca del polvo y de la piedra se funde el cobre. Los hombres ponen término a las tinieblas, lo examinan todo perfectamente, hasta las piedras que hay en oscuridad y en sombra de muerte”.

Poema de la Creación, Libro de Job, 28

Si todo lo que existe lo ha creado Dios ¿cómo vamos a ofrecerle algo valioso? ¿No es todo suyo? Hasta nuestra vida le pertenece. ¿Cómo vamos ha ofrecer a Dios algo para agradarle a Sus ojos? Todo en nosotros es pobreza, de Él depende que nosotros vivamos.

El hombre posee una cosa preciosa para Dios, algo que le pertenece pero que nos lo dio como un Don muy valioso, es la voluntad. Nos creó libres para amarle o para abandonarle, para que Su Poder no fuera una carga para el hombre, sino un medio de salvación. Nuestra voluntad, ofrecida a Dios, lleva el nombre de “abandono” en Él, confiar plenamente todo en Él.

Dice San Francisco de Sales: Más excelente que las demás es esta virtud del abandono, porque es la crema de la caridad, el aroma de la humildad, el mérito de la paciencia y el fruto de la perseverancia; grande es esta virtud y sólo ella digna de ser practicada por los hijos más queridos de Dios. Dijo Nuestro Salvador: “Padre mío, entre tus manos entrego mi Espíritu; haced de Él lo que os plazca”. Igual deberíamos hacer nosotros, mis queridas Hermanas, en toda ocasión. Sea que suframos o gocemos, repitamos: “Padre mío, entre tus manos entrego mi espíritu, haced de mí lo que queráis”, dejándonos, de este modo, conducir por la voluntad divina, sin jamás tener en cuenta nuestra propia voluntad.
Nuestro Señor tiene un amor extremadamente tierno para con aquellos que son tan dichosos de abandonarse enteramente a sus cuidados paternales y que se dejan gobernar por su divina Providencia como a ella le place, sin entretenerse a considerar sobre si los efectos de esta Providencia les son útiles, provechosos o perjudiciales; con la seguridad de que nada nos será enviado por ese Corazón paternal y amable, ni permitirá que nos suceda nada, de lo cual Dios no pueda sacar un bien y un provecho, siempre que nosotros hayamos puesto toda nuestra confianza en Él diciéndole con toda el alma: “A tus manos entrego mi espíritu”. Y no solamente mi espíritu, sino mi alma, mi cuerpo y todo cuanto tengo, para que hagáis de todo ello lo que os plazca. Puesto que Él es nuestro Rey, hemos de someter todo cuanto tenemos a su servicio. Le debemos nuestro corazón, cuerpo y espíritu, para que Él los trate como cosa suya y nosotros nunca los empleemos sino en su servicio. Él desea que, por medio de este abandono, le testimoniemos nuestro amor y nuestra fidelidad, ya que practicándolo, Él mismo es, como nos ha demostrado, la excelencia y el ardor de su amor hacia nosotros.

(Sermón 17-4-1620. OEuvres IX, 283)

Sólo abandonándonos en Dios encontraremos la Sabiduría porque Él conoce lo más profundo de nuestro corazón y nos dará aquello que nos haga un bien espiritual, un lugar en la Tierra prometida, donde nada perece y donde seremos más felices que viviendo según nuestros gustos. Dice Job en el versículo 15: “No se dará a cambio de oro ni su precio será a peso de plata”. Nadie puede poseer la verdadera sabiduría sino cuando Dios se la ha enseñado, por Su divina Pedagogía.

 

Sed pequeños!

“Una voz clama en el desierto: «¡Preparad el camino al Señor! ¡Allanadle los caminos!» (Is 40, 3). Son palabras que tienen un significado profético, Dios interviene en nuestra vida y nos pone un camino por delante, nos hace seguirle para salvar nuestra vida. “Yo envío a mi mensajero delante de tí para que te prepare el camino” (Mc 1, 2). ¿Significa eso que no hacemos nosotros nuestra vida? ¿Qué tenemos un camino que “nos espera”? ¿Qué debemos olvidar nuestros sueños?

¡Sed pequeños!

Significa eso: esperad siempre lo mejor de quien nos ama y “confiar”. Ponerse las sandalias cuando eres un niño es una tarea difícil que requiere de que nos ayuden para abrocharla. Empezar a caminar sin esa ayuda es muy difícil.

Cuando “Jesús de Nazaret” empieza a andar por la vida pública, le ayudó Juan el Bautista. Él era el Hijo de Dios y necesitó, quiso tener la necesidad de un niño; que alguien le ayudara a “abrocharse las sandalias”. Juan el Bautista venía a anunciar algo muy importante, eran palabras de esperanza, de alegría; el camino del Señor empezaba y hay que “Allanarle los caminos”, ayudarle; abrirle la puerta, calzarle la sandalia. Se anunciaba la acción de Dios en nuestra historia, en nuestra vida; venía nuestro Padre para guiarnos en el Camino. ¿Cómo no íbamos a confiar en Él? ¿Qué iba a ser difícil?… ¿Qué íbamos a tropezar y a caer? No sabemos, nadie nos ha dado un mapa, una guía de viaje, pero cada herida nos iba a señalar una enseñanza, una parada y nuevos amigos a quien ayudar y conocer. Ese es el viaje más apasionante, nuestra vida de caminante; haciendo camino. Con nuestros pies y con los de otro que nos lleva la delantera. Jesús también se calzó sus sandalias y pidió ayuda a Juan el Bautista. 

Juan vivía al borde del río Jordán y bautizaba con agua a aquellos que empezaban el camino. Ellos confesaban sus pecados y él los bautizaba en el Jordán, dice san Marcos (1, 5). Incluía una conversión, decir los pecados. ¿Qué importancia tendrá para caminar el decir los pecados? Mucha!!

¡Se trata de empezar una vida nueva!

Ser diferente a como se ha sido antes, cambiar. Un viaje necesita ponerse pilas y ser alguien dispuesto a cambiar para encontrar algo nuevo, bueno y definitivo. Esto se simboliza en el bautismo de agua que hacía Juan: representa la muerte, el agua que inunda todo y lo que surge de nuevo es la vida, como en el diluvio de tiempos de Noé. Cuando nacemos, lo hacemos “rompiendo aguas” en el útero de nuestra madre. Pero el río Jordán representa agua que fluye, es un torrente, es vida nueva. Allí se acercó Jesús y pidió a Juan que le bautizara, que iba a empezar su camino y quería ser “pequeño”, como cada uno de nosotros. Iba a caminar delante para dejar señales en el camino a quienes quisieran ponerse a caminar con Él.

“Ser pequeño” es fundamental para aprender a andar un camino nuevo y necesitamos ayuda, como Jesús. Quién nos escuche decir aquello que hemos vivido y que dejamos atrás; quién nos ayude a abrocharnos las sandalias; quién nos de la mano,..

M. O., “Jóvenes de la Guardia de Honor”

3 junio 2017

Jesús de Nazaret

¡CHAIRE! … ¡Alégrate!

El Ángel Gabriel anuncia así a María que Jesús va a nacer. En griego, significa que, lo que está diciendo, la palabra “alégrate”, se va a cumplir en su plenitud. Cuando el Ángel pronuncia chaire, ¡María se llenó de alegría!

¿Hemos pensado lo que eso significa? El Ángel es el mensajero de Dios y lo que Él dice por su boca se cumple en cada uno de nosotros. La Palabra de Dios no hay que temerla en el sentido de “castigo”, sino en el sentido que “se cumple”, que transforma todo. Cuando Dios pone su Palabra en manos de los apóstoles, se cumple lo que Ella dice, transforma a quien le llega el Mensaje. Así también hace el Ángel, pone la Palabra de Dios en el seno de María y transforma todo su ser y la hace Madre por la Palabra y para Él. Ella se convierte toda en Palabra de Dios porque se ha cumplido sobre su naturaleza la Naturaleza de Dios que viene al mundo para ser comprendida, para darse y que todos podamos escucharla. Es, metafóricamente hablando, como si el seno de María se hace como un Libro santo y allí, Dios “escribe” su Mensaje. No es como nosotros escribimos, que lo hacemos pensando. Dios “escribe” creando; ¡dando vida! Así hizo el mundo y sigue llamando a sus creaturas a transformarnos, a abrirnos al Espíritu Santo como hizo María. Ella lo entendió, creyó lo que escuchaba y, ¡se hizo!

Hoy decimos a un niño: ¿eres tonto? ¡si sigues así te quedarás tonto!… y se cumple en ese niño/a la incapacidad de ser mejor, o le costará mucho trabajo. En cambio, si decimos: ¡tú puedes ser eso que deseas!, todos estamos convencidos que lo conseguirá tarde o temprano. Un animal no puede ser “proyectado” así, no contiene en sí una capacidad de transformar su naturaleza en algo diferente, grande o pleno. Su desarrollo está limitado en sus genes, no nos va a sorprender con una actuación nueva, diferente a su raza. Esto lo pensamos y observamos, pero cuando se trata de Dios, no damos el valor que hay en el Don de Su Palabra. Y, como no creemos, seguimos atascados. No es un poder mundano y no está en nuestra altura utilizar este Don, servirnos de él. Es un Don gratuito que vino al mundo gracias a Jesucristo y, conocer su historia es seguirlo a Él. Y seguirlo, es amarle. Porque no seguimos a nadie que no nos atrae, que nos produce fascinación.

¿Cómo se sigue al alguien que vivió hace más de 2000 años?… Pues hay quien sigue los pasos de un general famoso que ya murió; incluso a un grupo musical que sólo es conocida una canción… En la vida seguimos a muchas personas que ni siquiera conocemos y las hacemos formar parte de nuestra vida; nos vestimos como ella/el; hablamos los mismos dichos; creemos sus mismos ideales. Seguir a Jesucristo es más que eso, porque Él sigue vivo, como aquella Palabra que trajo el Ángel por mandato de Dios. Lo que Él hizo, sigue haciéndose; lo que Él habló, sigue construyendo el corazón de las personas y las llena de esa “Alegría”,..  Alégremonos entonces, ¡χαίρο πυλύ!