Cartas

Estimado amigo:

Quiero compartir contigo lo que hoy he descubierto. Dirás que eso forma parte de mi vida y que no va a servir de nada que escriba para que otros lleguen a la misma experiencia que yo, pero no estoy de acuerdo. En el fondo de nuestro corazón estamos deseando que otros nos cuenten sus emociones y sus descubrimientos. Estamos hechos todos del mismo material y carecemos de historias verdaderas, aunque, de vez en cuando, nos descubren alguna. Esta historia es auténtica y está escrita para que todos la sigan hasta dar con ella, pero hace tiempo que quedó olvidado este caso y se pensó que ya se sabía todo al respecto.

La cuestión trata de una pregunta que todos nos hemos hecho, o nos la haremos algún día: ¿Qué he de hacer para ser libre? ¿Que clase de libertad me hace feliz? Parece que Dios juega con nosotros y nos da pistas falsas para que le sigamos. La cuestión es que muchos han tirado la baraja y han dejado el juego, seguramente, porque no entendían las reglas que tenían que seguir y, si las entendieron, pensaron que nunca iban a ganar una partida. Pues amigo, lo que he descubierto es una forma de ganar siempre al juego que supone la libertad desde la perspectiva de adquirir la felicidad. No te estoy diciendo que yo sea completamente feliz, sino que he descubierto las bases del juego. Te explico.

Dicen las “reglas” que no es un juego común, que Dios quiere que el hombre le busque y para ello ha ido dejando pistas en dos ámbitos donde el hombre se mueve y estudia: la historia y el cosmos. Cuando empieza el juego, precisamente el hombre no había pensado aún la posibilidad de su libertad, vivía esclavo de otros hombres y su vida carecía de valor. Esos hombres que dominaban al pueblo hebreo vivían estudiando el cosmos y eran expertos astrólogos, pero no supieron predecir la actuación del factor sorpresa de Dios cuando intervino en la historia y cambió todos los movimientos de poder. Sacó al Pueblo de Israel de la esclavitud con dos promesas: la de alcanzar la tierra prometida y, la de obtener autonomía y libertad sobre su propio territorio y con unas fronteras seguras. Pero la finalidad de estas dos promesas inauditas para un pueblo que vivía esclavizado era para que le diese culto: Deja partir a mi pueblo, para que me de culto en el desierto, (Ex 7, 16). Palabras que se repitieron cuatro veces, en todos los encuentros que tuvieron el faraón y el dirigente escogido por Dios para interceder ante Él por el pueblo, Moisés. El problema más insostenible era la “libertad de culto”. Este culto “libre” era negociable dentro del país, pero las condiciones de culto eran tajantes: “para el culto es necesario el éxodo”. Su lugar es el desierto: Iremos tres jornadas de camino por el desierto, y allí ofreceremos sacrificios a Yahveh, nuestro Dios, según él nos ordena”.

“La forma de culto no es políticamente negociable, porque contiene su formulación dentro de sí, es decir, únicamente puede plantearla la propia revelación, el mismo Dios” (J. Ratzinger). Ninguna propuesta del faraón es aceptable, no hay forma de cambiar estas “reglas”. Hay una meta en el destino del éxodo, la montaña santa, aún desconocida, “el culto a Dios”.

Hasta aquí todo es comprensible; si hay un don, la tierra y la libertad, es lógico que el que da ponga las condiciones de la adquisición. Esto lo entendieron todos una vez que el mar se cerró y barrió a quienes les negaban ese derecho. La tierra en sí misma y por sí misma sigue siendo un bien inconcreto para ese pueblo, pues no es un bien verdadero sin Dios, que reine en ella. Para que ese reino se vea realizado, esa tierra debe ser un espacio donde se escuche y se cumpla la palabra dada por Dios por medio de Moisés. Dios habla al pueblo, dándole a conocer su voluntad mediante las “Diez Palabras” (Ex 20, 1-17) y le ofrece la Alianza por medio de Moisés (Ex 24). Dios está guiando al pueblo elegido por él y le está enseñando cómo ha de adorarle según el querer del mismo Dios.

En este punto muchos amigos rompen el juego y se levantan. Se sienten defraudados, porque dicen; el juego debe seguir unas reglas donde todos partan de la igualdad y de la libre oportunidad de elegir. Pero Dios no está dando unas reglas en la medida del hombre; Dios está dando unas reglas a la medida suya, quiere que el hombre viva y es una vida verdadera cuando dejemos que Dios nos muestre su mirada y comprendamos lo que quiere comunicarnos. En este punto, las reglas las pone él.

Primera regla: en el Sinaí, el pueblo no sólo recibe preceptos para el culto, sino un amplio orden jurídico y de vida para que se constituya como pueblo. No puede vivir sin orden jurídico, caería en la anarquía, que es la parodia de la libertad (poner la propia vida al margen del derecho indica ausencia de libertad). Dios, en este momento, tiene derecho a una respuesta por parte del hombre. La finalidad de el éxodo ha ido a tocar la piedra angular; ¿cuál es la esencia de ese culto? El Sinaí no es una estación de paso, no es un descanso en el camino hacia lo esencial, sino que, proporciona la “tierra interior”, sin la cual la tierra exterior no sería acogedora, ni propia. En este punto hay que tomar una perspectiva de todo el hilo histórico, de la realidad vivida por el pueblo de Israel, una realidad confirmada por la historia de la arqueología y que no deja de sorprendernos: cómo todo un pueblo esclavo salió de Egipto burlando al poderoso faraón y se convirtió en un pueblo organizado que tenía muy presente la acción de Dios en sus vidas. Quien deja a Dios al margen de esta visión de la realidad es sólo aparentemente realista.

Este pueblo ha sido escogido y enseñado y, dice Ireneo: “el hombre se convierte en glorificación de Dios, y queda, por así decirlo, iluminado por la mirada que Dios pone en él: esto es el culto”. Y esto es así, por el hecho que Dios nos hace vivir más allá de la vida cotidiana, amigo, ya que nos hace partícipes del mundo de Dios, de la forma de existencia en el “cielo”, y hace irrumpir la luz del mundo divino en nuestro mundo. En este sentido el culto tiene, de hecho, el carácter de una anticipación. Por ello, la liturgia verdadera presupone que Dios responde y muestra cómo podemos adorarle, no puede brotar de nuestra fantasía o creatividad propias.

Aparentemente todo era perfecto, es correcto el ritual y el pueblo lo entendió, se ajustaron a lo prescrito. Pero la figura del becerro provocó la quiebra de todo lo que habían avanzado. El pueblo intentó representar debidamente la fuerza misteriosa en la figura del becerro. ¿Cómo cae en el engaño un pueblo curtido por la esclavitud y fortalecido en el desierto? Hay dos causas inmediatas: la infracción de la prohibición de las imágenes de Dios invisible, lejano y misterioso. Se le hace descender al propio terreno, al mundo de lo palpable y comprensible. De este modo, el culto ya no era un “elevarse” hacia él sino un rebajar a Dios al propio terreno. Tiene que estar ahí cuando se le necesita y tiene que ser tal y como se le necesita. El hombre desea utilizar a Dios y se sitúa por encima de él, sutílmente.

La segunda causa, amigo, es fácil de entender: se trata de un culto en el que queda de relieve el propio poder. Este culto se convierte en una fiesta que la comunidad se ofrece a sí misma, y en la que se confirma a sí misma: Un culto que se busca a sí mismo. El abandono del Dios vivo, que ofrece una tierra nueva y una libertad infinita, camuflado en un culto arbitrario y egoísta, en el que, en el fondo, ya no se trata de Dios, sino de fabricarse, partiendo de lo propio, un pequeño mundo alternativo bajo un manto de sacralidad. Pero al final queda un hombre frustrado, un sentimiento de vacío y de impotencia, se pierde la experiencia de la liberación y se cae en una esclavitud aún mayor que la primera.

Amigo, este descubrimiento es la misma historia que vivimos en nuestro propio pueblo, desbordado de fiestas que prometen la libertad y la posesión de nuestro cuerpo y el de otros, a nuestro placer. Es el engaño de quienes han roto la relación con el  culto a Dios que promete una tierra nueva y que es el único que puede salvarnos y cumplir su promesa.

Hoy termino esta carta, pero prometo volver con otros descubrimientos. Este escrito está basado en la obra de J. Ratzinger, “El espíritu de la Liturgia”. Y quiero compartirla contigo, siempre que sigas interesado en esta búsqueda del Dios que ama y promete un bien mayor del que nosotros podamos alcanzar por nuestras propias fuerzas.

 Que este Dios te bendiga y alcances sus promesas y todos los bienes del “cielo”

Un saludo cordial

Esperanza