La radicalidad del amor

Juan Pablo II, en la Encíclica “Fides et Ratio”, nº 13, dijo: “Esta verdad, ofrecida al hombre y que él no puede exigir, se inserta en el horizonte de la comunicación interpersonal e impulsa a la razón a abrirse a la misma y a acoger su sentido profundo”.

Tratar con el Amor

sagrado-corazon-jesusEn este tiempo que se habla de solidaridad y, al mismo tiempo, de tantas ideologías que acogen a los nacionalismos, a los partidismos, a las diferencias en una sociedad, cabe un lugar para pensar en la voluntad de quien decide amar. Poco se dice del amor, porque se ha abandonado su significado en cuanto que es el motor que vincula al hombre con su acción inmediata. Supone la unión entre dos notas: la voluntad y la libertad. Una unión que no termina en un acto de juntarse, sino en un fundamento que atesora tiempo y creatividad. Pero el tiempo es un bien que no se sabe muy bien como gastarlo y, la creatividad ha quedado reducida al ingenio. Hablemos de ello, ya que el Sagrado Corazón de Jesús nos lleva a un amor radical, el suyo, que nos invita a seguirle:  “Mi Soberano Maestro, si Vos no lo quisieras, no sucedería esto, pero os doy gracias de haberlo permitido para hacerme semejante a Vos”, respondía  al Corazón de Jesús Santa Margarita María de Alacoque.

Mª Ana Sofía de la Rochebardoul
Rvenda. Madre, fundadora de 1749 – 1755 / Pintado en óleo sobre lienzo – M. Outón, 2011

La creatividad que coopera con el Padre es parte de la fe. No se puede ser creativo sin confiar en un bien absoluto, en Dios, ya que el esfuerzo de la creatividad supone una actitud que debe perseverar ante factores desconocidos y en la adversidad. La fe es una potencia creadora y estable en la perseverancia porque advierte un bien superior que atrae con un vínculo muy fuerte que se dice “amor”. Pero no es amor como lo entiende el sentido común, es un amor de un sentido exclusivo que lo razona la inteligencia unida al instinto natural de la persona cultivado en una experiencia.

“Me lanzaba Jesús flechas tan ardientes, que traspasaban mi corazón y lo consumían dejándome como transida de dolor. Pasando esto, volvía a mis resistencias y vanidades”. Santa Margarita María de Alacoque

El tiempo, dimensión adquirida de antemano, el don de nuestro Padre que, previamente a nuestra voluntad de sobrevivir a nuestra naturaleza mortal, nos da para hacerlo “escuela” de Su amor. Supone un “antes” pactado sin el hombre y con su persona, donde ha de desarrollarse y superar la resistencia de la ignorancia y del fracaso. Es tiempo y contra-tiempo simultáneamente, puesto que la voluntad no ha consentido la dificultad que conlleva el crecer, sino que debe fiarse de otro que le llama, que le nombra, que le otorga un lugar en el cosmos y hace que su experiencia compense la desgana y la resistencia natural a mantenerse en equilibrio entre el ser y no ser.

El amor, se detiene ante la ausencia de un yo para descubrir un tú que no es él mismo. Hace falta tiempo y creatividad para adelantarse y darse en respuesta. No es un encuentro, es un “reconocimiento” de un antes, cuando aún no se había presentado el ser donado en su tiempo. Antes conocimos al amor y ahora, lo reconocemos. Es radical, sí. Es un conocer entendido por la inteligencia y el instinto a la vez, como una “corazonada” la potencia creativa descubre un camino por recorrer, pero no en solitario, sino con un Tú, con mayúsculas. Sin tiempo no es posible dejar que esa potencia se desarrolle al completo y toque con la punta de los dedos la plenitud “naturalmente” esperada. La creatividad improvisa y, el tiempo, con su medida, ordena y clarifica. Es un camino que desborda una vida completa, pide un mañana amplio y eterno, porque no es uno solo el que anda y, combinar los pasos hace compleja la caminata.

El Don, es la Promesa de un Acontecimiento. El ser incompleto recibe el Don que es sabiduría de razón donde se entiende la libertad, no como un desdén hacia el tiempo y la dificultad natural, sino como una amplitud de mirada que se regocija en el esfuerzo que conlleva fiarse, aguardar a “su” tiempo y poder mirar atrás con el convencimiento de haber sido regalado con una vida completa que aguarda su sentido, no en vencer, sino en ser vencida. Porque el Don ha previsto dónde ha de llegar la potencia iniciada por el amor. Es por la fe como se ama, por una fuente nueva de nueva vida, origen de un sentido que ha de impregnar todas las acciones. El significado de la frase paulina: “El justo vive de la fe” (Ha 2, 4; Rm 1, 17; Ga 3, 11; Hb 10, 30).

El sentido de todo está en la raiz ‘emet, que en hebreo significa fidelidad y que reclama una adhesión incondicional.

Macarena Outón, jun 18

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