Ágape

Celebramos a Cristo, el haberle conocido y compartir su Mesa todos los días

¿Cómo celebramos este Acontecimiento?

El hombre y la mujer de hoy se alegran de celebrar acontecimientos que marcan el límite, el interés por el tiempo futuro, los bienes recibidos, la salud, la amistad, cada segundo de nuestra vida es motivo de celebración porque; buscar la alegría es saludable, nos aporta sensación de dominio sobre las cosas que suceden.

Pero la mujer y el hombre de hoy son tan frágiles como los de antes, se cometen errores donde había un cálculo y una certeza de éxito, las emociones son más vulnerables que ayer aún teniendo quien aporta medicamentos y disciplina en sanidad, hay soledad en medio de una ciudad repleta de seres que saben quererse y expresarse, nadie tiene preguntas acerca de “qué buscar” y “dónde”, aquello que poder celebrar todos los días, algo que llene de alegría el ánimo para todo el día, semana tras semana, hasta siempre. Nadie va diciendo nada de esto, no se escribe en la prensa ni en los medios de publicidad. Hay un Acontecimiento importante que no se sabe de él publicitariamente, no se expresa en las campañas populares, pero hay una mayoría de personas quienes saben qué se celebra todos los días. Y esto es la Sagrada Eucaristía que recibe a Cristo encarnado en el Pan y el Vino consagrados por las manos de un sacerdote que nos representa a todos, a todo el Pueblo.

Hoy se celebra y es necesario decirlo y prepararse para recibirlo bien, pues no se recibe igual por todos aquellos que se acercan a la Mesa. Es necesario un espíritu de “novedad”, de esperanza, de fe y de caridad. 

Tenemos muchas escrituras que nos hablan de este Acontecimiento. Aquí nos referimos al Papa emérito, Benedicto XVI: Para celebrar mejor el Sacramento y para poder vivir fructíferamente el nuevo mandamiento, Cristo dijo: “Amaos los unos a los otros”.

En la Iglesia primitiva la eucaristía fue llamada simplemente Agape, es decir, “amor” y Pax, “paz”. Así, los cristianos de esa época han expresado de una forma fácil cómo retener el vínculo inquebrantable entre el misterio de la presencia oculta del Señor y la praxis de servir a la causa de la paz, es decir, el esfuerzo de los cristianos para ser hombres de paz.

“Y los cuatro seres vivientes tenían cada uno seis alas, y alrededor y por dentro estaban llenos de ojos; y no cesaban día y noche de decir: Santo, santo, santo es el Señor Dios Todopoderoso, el que era, el que es, y el que ha de venir. Y siempre que aquellos seres vivientes dan gloria y honra y acción de gracias al que está sentado en el trono, al que vive por los siglos de los siglos, los veinticuatro ancianos se postran delante del que está sentado en el trono, y adoran al que vive por los siglos de los siglos, y echan sus coronas delante del trono, diciendo: Señor, digno eres de recibir la gloria y la honra y el poder; porque tú creaste todas las cosas, y por tu voluntad existen y fueron creadas”, (Ap 4:8-11)

En la Iglesia primitiva sólo serían importantes los frutos que produce la doctrina y serían indiferentes los caminos por los que se alcanzan las buenas acciones. La convicción general era que todo depende de estar en justa relación con Dios, de conocer lo que le agrada y cómo se le puede responder en forma correcta. Por este motivo, Israel ha amado la Ley, pues por Ella se sabía cuál era la voluntad de Dios; por Ella se sabía cómo se llevaba una vida justa y cómo se honraba a Dios correctamente: obrando Su voluntad, que proporciona orden al mundo, porque lo abre hacia lo alto. Esta era la nueva alegría de los cristianos, ya que entonces, por Cristo, conocían en forma categórica de qué manera Dios tiene que ser glorificado, y de qué manera, gracias a ello, el mundo se vuelve justo. Que ambas cosas están íntimamente unidas, lo habían proclamado los ángeles en la Noche Santa: “Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad” (Lc 2, 14). La gloria de Dios y la paz en la tierra son inseparables, pues allí donde se excluye a Dios se desmorona la paz en el mundo, y ninguna ortopraxis atea puede salvarnos, dado que no existe el mero obrar correcto sin el conocimiento de lo que es justo. La voluntad sin conocimiento es ciega, por eso la ortopraxis y las acciones sin conocimiento son ciegas y conducen al abismo.

El gran error del pasado consistió en decirnos que se había reflexionado ya suficientemente sobre el mundo y que ahora tocaba finalmente transformarlo, porque si no sabemos en qué dirección tenemos que transformarlo, si no comprendemos su propio significado interior y su sentido, entonces la mera transformación sólo se convierte en destrucción. Pero lo inverso también es verdad, la mera doctrina que no se convierte en vida y en acción sólo resulta ser una prédica ociosa y en todo caso vacía, ya que la verdad es concreta. El conocimiento y la acción, fe y razón, están íntimamente unidos, al igual que la verdad y la vida.

Texto comentado: “Eucaristía, comunión y solidaridad”, Benedicto XVI

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