Celebración de la Pascua

La celebración de la Pascua, en cuanto a percibir en nosotros los efectos de la conmemoración de la Pascua de Cristo, en realidad, se realiza en una primera fase, en la semana in albis.  La Resurrección de Cristo santifica nuestra vida con su esplendor; redimensiona el tiempo para nosotros; nos hace vivir ya desde aquí el Cielo,  en la intimidad de Dios.

Y. F. Sacerdote.

¿Qué significa la Pascua para mi? Cada uno vive una Pascua diferente porque nuestra naturaleza humana crece conforme estamos abiertos al Espíritu Santo en la unión con Dios. Pero no solamente es así; Dios hace en nosotros según Su voluntad. Él puede transformarnos en el tiempo, puede salvarnos en un instante o bien, permanecer escondido y dejarnos que le busquemos sin encontrarle, pues el tiempo que nos ha dado es suyo. Eso no es un comportamiento al “modo humano”, es Dios Padre. No entenderemos nunca cómo nos pensó y nos amó, pues su Amor no está limitado por ninguna barrera. Pero tenemos formas de conocerle porque la Creación nos habla de Él.

Por ejemplo, dice San Francisco de Sales: «En cuanto la reina de las abejas sale al campo, todo su pequeño pueblo la rodea. Así, el amor de Dios no entra en un corazón sin que todo el cortejo de las demás virtudes se aposente en él». El santo que nos enseñó a amar el Corazón de Jesús utiliza estas metáforas para decirnos que Dios nos atrae según vamos creciendo en virtudes: fe, esperanza, caridad, las teologales. Son los pasos que nos acercan a Dios, que nos abren el corazón para recibir otras virtudes que no podemos adquirir por nuestros propios medios, sino que necesitamos de la gracia santificante.

Para mí, la Pascua es “Dios con nosotros“, en virtud de la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, que vivió y murió para salvarnos; para romper la cadena que significaba el pecado y nos separaba de la gracia de Dios, de poder vivir en gracia con Él. Vivir en gracia significa “vivir como hijos” y no como esclavos. Por eso, quién vive en su propia “libertad” no entiende el vivir en la “libertad de Dios“. Nuestra voluntad nos conduce por aquellos caminos que recorrimos cuando el pecado nos esclavizaba, nos mostraba “bondades” donde sólo había actitudes esclavizadoras. En cambio, la Pascua viene a llenarnos de fe, esperanza y caridad nuestros corazones y así, entramos por el misterio de la pasión, muerte y resurrección donde se rompieron nuestras cadenas. Ahora es tiempo de Dios, Pascua de Resurrección, cuando recibimos la gracia abundante que mana de la Herida abierta del Costado de Cristo. Es decir, del “bautismo espiritual que nos hace hijos de Dios” y, por ello, herederos eternos de Su gloria donde ya, en este tiempo, en el nuestro, alcanzamos el camino de la libertad verdadera como hijos.

M. Esperanza

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