Espiritualidad del Corazón de Jesús

Encontrar la Cruz de Cristo es el camino de todo cristiano. Aunque el crecimiento de la fe no es tan claro.

Es necesario entrar por el Corazón, es decir: _Significa desarrollar una espiritualidad abierta al Misterio de la Encarnación, eso significa hablar del Corazón de Jesús, que Jesús tiene un Corazón de carne, que su humanidad es verdadera, que su sufrimiento y alegría son humanos. Tenemos el peligro de caer en el mayor de los “pecados”, la idolatría. Y señalo “pecado” porque es el pensamiento que nos separa de Dios rotundamente. Dios no es una idea, decir que Corazón de Jesús no es una imagen con un corazón en la mano, así, sin más, y que su adoración tenga tantas gracias que nos afiliemos a Él, como si fuera un grupo privilegiado.

Ser devoto del sagrado Corazón de Jesús significa creer que Jesús es Dios y es Hombre; que tiene toda la divinidad y toda la humanidad en su Persona. Creer esto es amar a Cristo en Su totalidad sabiendo que Él se entregó totalmente para, por Su carne, hacernos Carne divina. Es decir, salvarnos de la muerte.

Es necesario meditar la Palabra, buscar en la Biblia el camino en donde nos encontramos cada uno

¿Qué quiere manifestar el Padre en las Sagradas Escrituras?

1. Isaac
Isaac, el hijo de la promesa, Gn 22

La crucifixión tiene su misterio en el paso que supuso vencer la muerte ya que Dios quiso salvar a muchos por la Encarnación de Cristo. Para que el hombre se salve y reconozca al Padre hay una camino tipológico, hay una serie de etapas que Dios ha querido que leamos y entendamos de su amor, por deseo de acercarnos totalmente a Él y querer glorificarnos en Él. 

Representando el creyente, Abrahán está pasando una prueba y una noche de la fe. Lo que ha entendido que tiene que hacer parece contradecir la promesa de Dios de hacerle padre de un gran pueblo. Éste es su único hijo, que concibió su esposa Sara ya siendo anciana y ese milagro había sido la prueba para Abrahán de que la palabra de Dios era verdadera. Una contradicción que no le hace dudar y su respuesta vuelve a ser de la fe: conversión-obediencia desde una absoluta confianza en Dios.

La acción de Dios, ante la obediencia de la fe es donde se renueva la alianza (Gn 22, 12). Y hay que ponerse en el contexto de la época, en donde existía la creencia en el dios Moloc, dios de los sacrificios humanos (Lv 18, 21), (2 Re 23, 10), la divinidad cananea que exigía sacrificios en un rito que se llevaba a cabo en Jerusalén, en el valle de Ben Hinón (la Gehna). Es necesario entender este texto desde una pedagogía divina:

Abrahán va a hacer la experiencia de dar el paso de un dios pagano, falso, a una nueva concepción de Dios único, distinto totalmente de las divinidades a las que estaban acostumbrados los hombres, y cuya esencia es el amor.

La conversión de Abrahán no es a través de un proceso especulativo, sino por medio de la prueba, de la noche de fe. Era necesario que pasara por este acontecimiento histórico para impedir que redujera a Dios a su imagen humana de la divinidad. Dice P. Beauchamp: “En el hecho de que hay dos palabras y dos tiempos yo veo el signo de Dios. Por eso es posible superar una imagen idolátrica del sacrificio y una imagen idolátrica de amor. Cuando Abrahán, en el momento, oye decir: Yo quiero por amor, que tu hijo viva“, corre el mismo peligro de hablarse a sí mismo, en soliloquio, que en el primer tiempo. Al contrario, la sucesión de los dos tiempos revela que el amor según Dios supera y fundamenta el amor según Abrahán”.

Este pasaje, dice Gregorio Niaciaceno, en “Oratio”, impide absolutamente interpretar la crus de Cristo desde la idea de que el Padre hubiese querido directamente la muerte de su propio Hijo como víctima sangrienta en orden a satisfacer su sed de venganza o justicia: ¿Por qué la sangre del Hijo único iba a ser agradable al Padre, que no quiso aceptar a Isaac cuando lo ofreció Abrahán en holocausto, sino que sustituyó este sacrificio humano por el de un carnero? ¿No es evidente que el Padre acepta este sacrificio, no porque lo exija o porque tenga alguna necesidad de él, sino para realizar su designio: era menester que el hombre fuera santificado por la humanidad de Dios, era menester que él mismo nos liberase triunfando del tirano por su fuerza, que nos llamase a él por medio de su Hijo… esto es lo que se nos dice de Cristo; que todo lo demás quede respetado con nuestro silencio”.

La noche de la fe, obediencia radical a Dios, pero no sin corazón.

Por otro lado, Isaac nos muestra la actitud del hijo. Isaac se convierte también en figura de la fidelidad del Dios vivo, (Rm 4), (Hb 11, 17-18) que es más fuerte que la muerte y anunciaba proféticamente la Resurrección de Cristo. Por otra parte, en (St 2, 21-23) se retoma la figura de Abrahán para corregir cualquier comprensión de la doctrina paulina de la justificación de la fe sin necesidad de las obras:

1. Abrahán“Nuestro padre Abrahán ¿no fue justificado por las obras, al ofrecer sobre el altar a su hijo Isaac? Ves que la fe cooperaba con las obras de Abrahán, y por las obras se perfeccionó la fe; y se cumplió la Escritura que dice: Abrahán creyó a Dios, y se le contó como justicia, y se le llamó amigo de Dios. Veis que por las obras queda uno justificado y no por la fe solamente. Y lo mismo también Rahab la prostituta ¿no fue justificada por las obras al dar hospedaje a los mensajeros y hacerles marchar por otro camino? Pues como el cuerpo, independientemente del espíritu, está muerto, así también la fe, independientemente de las obras, está muerta”.

Abrahán nos representa la conversión en la idea de sacrificio espiritual. Abrahán debe mostrar la prioridad absoluta de su amor a Dios. Este era el verdadero sacrificio y condición necesaria del seguimiento de Cristo (Lc 14, 26).

La fe en el Dios de la promesa se revela en un amor total a Dios y en un desprendimiento radical de todo aquello que pueda impedir este amor, en orden a que el hombre pueda hacer la experiencia de que sólo Él, YHWH, es la salvación.

Estamos ante el paso de los sacrificios sangrientos al sacrificio espiritual, que por ser espiritual no significa que no los sea, pues es vivido en la propia existencia y supone un desprendimiento de nuestro propio actuar. La salvación viene del Sacrificio del Hijo de Dios que quita el pecado del mundo, que en su muerte, se pone de manifiesto que no es Dios quien quiere la sangre, sino los hombres; el Moloc sangriento es de los hombres que quieren la muerte de Dios, que viene como presencia del Amor radical de Dios por todos los hombres. Dios entrega a su Hijo para dejar ver como la fidelidad del Amor de Dios es infinita y no separa a unos pocos, sino que quiere atraer a toda la humanidad hacia sí y su fidelidad es mas fuerte que la muerte.

Dios da mérito a ese sufrimiento, mérito infinito, porque es la señal del corazón sufriente por amor, es la semejanza con Dios amor. La cruz hace amar a Cristo crucificado, hace necesitar del Sacramento de la Eucaristía, sacramento de unión que ayuda a aceptar la cruz y, luego, amarla. El amor en el sacrificio se purifica porque ahonda en el misterio del Amor de Dios. La Eucaristía, vivida desde el sacrificio del amor, fortalece y prepara para el Banquete celeste. Ayudar a Cristo a llevar su Cruz significa aceptar la nuestra, como Cristo aceptó la voluntad del Padre.

EL MISTERIO DE LA EXPIACIÓN / LA HISTORIA DE JOSÉ (Gn 37)

Narra el teo-drama de la expiación de los pecados; la salvación como comunión / alianza teándrica de libertades. Donde las Tres Personas de la divinidad participaron del principio de la Creación, principio donde, en todas las cosas, existe una conciencia, pero no una conciencia cualquiera, sino la libertad que a su vez, genera libertades. Por eso es acertado definir la fe cristiana como filosofía de la libertad, pues Dios nos conduce por ese camino, el de explicar nuestra historia desde una libertad completa, donde la libertad crea libertades y estructura todo ser

1. José

José, el amado del Padre y elegido de Dios (Gn 37, 3-28) es objeto de la envidia de sus hermanos. Su envidia les lleva a querer matar a su hermano y a deshacerse de él vendiéndolo a una caravana de ismaelitas. Ante el pecado aparece la providencia de Dios:

José se convierte en el Primer ministro del Faraón ante el que deben comparecer sus hermanos para pedirle clemencia

Pero el centro de atención está en el sufrimiento de José por la separación de sus hermanos, por su pecado (Gn 50, 19-21). El dolor de José es el sufrimiento de Dios de forma tipológica. Reaparece la categoría de la representación vicaria del sufrimiento de uno en orden a la salvación de todos.

“La acción de Dios, trascendente respecto al proyecto de los hombres, pasa sin embargo por la libertad del hombre, una libertad de perdón, de servicio y de amor, que convierte a su vez la libertad de sus hermanos. José se hizo para ellos “causa de salvación”. Es exactamente lo mismo que ocurrió en la cruz. La historia de José nos anuncia de veras este giro. Evita todo cortocircuito en la interpretación del sufrimiento y de la muerte. Mucho más tarde Pablo será el testigo de esta misma lógica, cuando diga que su arresto y su proceso, es decir, lo que le ha sucedido “ha contribuido más bien al progreso del Evangelio”. (Flp 1, 12) Seboüé. 

Bibliografía:

P. Beauchamp, “Parler d’Ecritures saints” 1987 / B. Sesboüé; Jesucristo, 1993 / S. Ireneo, “Adversus haereses”, IV, 7. / Orozco Ruano, R. “Jesucristo, Dios con nosotros”, 2017

 

 

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