En Samaría, Jesús habla con una mujer

Jn 4, 5-7: “Llega, pues, a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca de la heredad que Jacob dio a su hijo José. Allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, como se había fatigado del camino, estaba sentado junto al pozo. Era alrededor de la hora sexta. Llega una mujer de Samaría a sacar agua…”

Este texto del Evangelio de San Juan es uno de los que más me parecen significativos de todo el Nuevo Testamento en lo que se refiere a la dulzura que surge de Jesús en esta escena. Sicar es una ciudad de contenido sagrado (la actual Askar, al pie del Ebal), destruida en el 128 y el 107 a. C. y restaurada en el 72 d. C. En el Antiguo Testamento, pozo era una palabra que se asociaba a la Ley y, la región de Samaría era pagana porque adoraba a múltiples dioses (cinco maridos, dice que tenía la mujer), cinco dioses que Jesús reprocha a esa mujer sedienta que, después de confesarse con Jesús, se va sin beber agua y olvida el cántaro (Jn 4, 28) y se va a la ciudad a anunciar a Jesús.

“La sed” se relaciona con el “culto verdadero” a Jesús, el único que es “fuente” de agua viva, ya que el pozo no saciaba la sed del hombre, pues no lleva a la vida que ofrece Jesús a la samaritana. Su agua es un bautismo, pero Jesús va a traer un Bautismo de Espíritu.

Es una imagen de un encuentro con “el Novio” del Cantar de los Cantares, pues en el Pozo de Jacob, Isaac y Moisés encontraron a sus esposas. Además, “la hora sexta” es la misma del Cantar. Jesús pregunta por “el marido” porque se habla del amor; es la pasión de Dios por las gentes, el pueblo pagano, el que tiene sed. La forma es una mujer que no ha guardado fidelidad a sus otros amores; es un encuentro de conversión del corazón.

El Hijo no ha venido a Samaría, al pueblo alejado de la Ley, no para condenarlo; sino para crear una alianza esponsal con él. Samaría es hereje, adoradora de ídolos, infiel, se convierte a la causa cristiana en (Hch 8, 4-25). La mujer halló la paz para siempre. 

Jesús venía cansado y encuentra descanso en esa mujer que le necesitaba porque viví buscando agua cuando aparece Jesús y se dirige a ella, sorprendiéndola, hablándola de su vida, sin prejuicios, sin acusarla, sin buscar nada de ella, sin pedirla nada,..

Este momento del Evangelio me lleva a dar ese paso adelante y a confiar en Jesús, que sin llevar consigo ningún arquetipo o descalificación hacia la mujer, supo tener una conversación con ella y llenarla de confianza. Este es un texto que se debería de leer en todas las ceremonias de consagración, en las bodas y en las confirmaciones. Todos deberíamos saber que Jesús sale al encuentro, es “el Esposo” lleno de amor que nos va a dar el Espíritu Santo para nuestra salvación eterna.

M. Esperanza Outón, 26 febrero 2018

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