Lo que nos ofrece El Evangelio

 

¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es? 

Esta vez se trata de presentar una reflexión sobre la vida del hombre y su deseo más arraigado, la libertad. Tomamos como eje la lectura de Mateo 16, 13-19Hoy en día en que se vive una crisis de identidad de la persona y de la familia, fundamentalmente, en la idea que tenemos en cuanto al tema amor y/o libertad.

¿Juzgamos el amor de otros con el Corazón de Cristo?¿Creemos que tenemos la llave del mundo en nuestro pensamiento? Cristo habla a nuestro corazón y, ¿le escuchamos? Muchos trabajan para llenar de sentido su existencia con lo que creemos es una “escala” para el Cielo ¡Triste vida! ¿Cómo seguir a Cristo mirando a todos, a ver lo que hacen?

ConmigoPartimos de un camino de búsqueda de sentido cristiano. Los nuevos conceptos sobre la persona nos han llevado a confundir la relación amorosa con una mayor o menor pérdida de libertad personal, en el sentido de aceptar el estado de “enamoramiento” como de dependencia, que priva al hombre de su bien escaso, la libertad, puesto que ésta ha sido identificada en el día de hoy con el libre albedrío y, la fidelidad, a quedado como un poso de la memoria, con el consiguiente sentimiento de melancolía.

Esa libertad, que depositó su esperanza en la razón (diosa razón) y que se creyó conquistada en la Ilustración, por la que muchos dieron la propia vida, no ha solucionado el problema del hombre, no le ha dado paz y ha deteriorado el camino de la relación amorosa.

Ante las falsas pruebas de libertad conquistada, hoy en día el hombre ha renunciado a casi todo: a su “identidad” sexual, a la familia, a la fe y al amor. Todo lo ha puesto en la mesa para que le “devuelvan” esa libertad que cree merecida. Al final, ese hombre que ha entregado todo, siente el vacío en su alma, en su entorno próximo, y recurre a un Dios desconocido, como buscando a quién echarle la culpa de su fracaso, proyectando su mismo rostro sobre el espejo y dejándose llevar por la desesperanza que él cree que es víctima. ¿En qué momento de su vida ese hombre fue seducido por ese doble sentido moral que promete lo que no puede conceder? De esta memoria surgieron movimientos pseudo-religiosos, como los gnósticos que pretenden adquirir desordenadamente lo que sólo puede pertenecer a Dios.

Tanto nuestros sentidos como nuestros pensamientos tienen dos características que sin duda se corresponden pero que son puestas en evidencia por las emociones y los actos. Con nuestros sentidos percibimos las cosas y con el pensamiento las asimilamos para actuar, pero la emoción habla de nuestras necesidades; el hombre busca el bien como fuente de la libertad y conocimiento de la verdad, ese bien se posee en el amor en sentido pleno. Cada pensamiento, como cada amor, surge como verdadero y nos hace cuestionarnos con el sentido de aquello donde hemos puesto nuestra seguridad y dirigimos nuestros pasos hacia el encuentro con la plenitud que se nos muestra, que nos busca. Los valores son múltiples, pero la moral cristiana toca el centro más profundo del hombre, el verdadero sentido de nuestra libertad y necesita la luz de la fe para encontrar lo que busca.

La Revelación ha venido para todos, pero no todos querían recibirla. Dios se reveló al Pueblo judío por medio de un profeta, Moisés; pero hoy ya nadie escucha a los profetas. Dios ha venido en Persona y su Palabra habla por mediación de su Iglesia.

DIÁLOGO DE UNA PERSONA QUE BUSCA A CRISTO

El Relato del Joven rico. “Maestro, ¿qué he de hacer de bueno?” (Mt 19,18).

Nº 7_:“Es una pregunta moral, es decir: una pregunta por el pleno significado para la vida, dice J. Pablo II: es la búsqueda secreta de todo hombre porque esconde el impulso íntimo que mueve la libertad; la llamada de Dios está impresa en nuestro corazón. Para tener ese encuentro con Cristo, y Dios ha querido su Iglesia: para que todo hombre pueda encontrar a Cristo, de modo que Cristo pueda recorrer con cada uno el camino de la vida”.

_ Una persona requiere del “conocer” para ser persona, pero este sentimiento llega al corazón puro en su humildad, aunque ese “conocer” quede como inconsciente pues siempre es finito. La expresión “conocer” indica conocer a nivel de “actuar …”. La persona o “su actuar” humano no se reduce ni a una naturaleza humana, ni tampoco a la esencia humana. Esta explicación nos aclara que la pregunta del Joven a Jesús está referida a qué debo “hacer” puesto que necesita del “acto” para sentirse persona “buena” y conocer lo que es bueno. Esta es la pregunta que, dice Juan Pablo II, sólo Dios puede responder.

¿Cómo expresamos nuestro deseo de libertad?

Decía San Pablo a los corintios: “… os he hablado con sinceridad y nuestro corazón se ha ensanchado” (2 Cor 6, 11) Quiere decir el apóstol que, cuando nos expresamos con el corazón, cuando lo hacemos con sinceridad y lo sentimos así, experimentamos que el corazón “se ensancha”. Es una expresión de plenitud. El corazón concuerda con la boca, nos expresamos con plena libertad y es como si fuera toda la voz “el alma” que sale al encuentro del otro.

La pregunta del joven es, en realidad, una pregunta religiosa y que la bondad, que atrae y al mismo tiempo vincula al hombre, tiene su fuente en Dios, más aún, es Dios mismo: el Único que es digno de ser amado «con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente» (cf. Mt 22, 37), Aquel que es la fuente de la felicidad del hombre. Jesús relaciona la cuestión de la acción moralmente buena con sus raíces religiosas. Pues, como dice Juan Pablo II:” Es necesario que el hombre de hoy se dirija nuevamente a Cristo para obtener de Él la respuesta sobre lo que es bueno y lo que es malo”. Porque, “sólo Dios puede responder a la pregunta sobre el Bien. En efecto, interrogarse sobre el bien significa, en último término, dirigirse a Dios”; “Aquello que es el hombre y lo que debe hacer se manifiesta en el momento en el cual Dios se revela a sí mismo”.

  • “Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos” (Mt 19, 17)

Jesús entra en la realidad personal del joven que le explica qué ha de hacer, “conocer” personalmente, ha abierto una pregunta entre su propia conciencia y la ley como revelación del Bien. El joven también quiere ir más allá de lo conocido hasta ese momento y el significado de “qué he de hacer” le dejó pensando en todo lo que había “conocido” hasta ese momento, los mandamientos los había cumplido.

Los apóstoles sintieron “abierto el corazón” cuando recibieron el Espíritu Santo en Pentecostés. La Herida del Costado de Cristo fue un signo de Amor, también en ellos. Fue Tomás, el único ausente el día de la manifestación del Espíritu, quien necesito tocar la carne de Jesús para creer en la plenitud del Amor. Amar plenamente es tener el corazón “abierto” con Cristo y su Iglesia. Por eso la pregunta del joven es una pregunta de “sentido”: “¿qué he de hacer?”. Jesús responde:

  • “Si quieres ser perfecto” (Mt 19, 20)

“Ser perfecto” no es sólo un acto, un “conocer”; es una “potencia”. No es un aspecto físico, hay que esforzarse y entrenarse hasta conseguirlo. Aparentemente el joven era perfecto porque cumplía con todos los Mandamientos y queda poco explicado en el Evangelio pues dice que el joven se fue triste porque era muy rico. Parece una contradicción.

Vemos la vida a la que Jesús le llamaba. En el Evangelio se dice que había amado a los suyos de un modo total y absoluto, con todas sus fuerzas. El amor que pide el principal Mandamiento, lo había cumplido sin medida, sin límite. Sin embargo, como dice San Juan; “cuando cae la noche en la ciudad, Cristo se levanta de la mesa, se quita el manto, toma una toalla y se la pone en la cintura. Después echa agua en una jofaina y empieza a lavar los pies a los discípulos” (Jn 13). En otro Libro dice San Pablo: “Para mí la vida es Cristo” (Flp 1, 21) San Pablo deja claro qué le llevó a seguir a Jesús. El amor no es algo que se “conoce”, no es un bien sólo físico, es principalmente una “potencia” que hace al hombre, le transforma en persona. Y la Persona que nos sirve de modelo es Jesucristo. Pero nuestra “inteligencia”, el intelecto agente (Kant), también va más allá de lo físicamente percibido, no se queda en lo físico, y toca lo trascendente que hay en el seguimiento de Jesús. Pero el Joven rico no ve lo que Jesús le está ofreciendo y no le sigue, aunque dice que sintió tristeza por ello.

Jesús pide pureza, apertura, entrega. La pureza es una “afirmación gozosa”, decía San Josemaría Escrivá, conquistadora, porque es incompatible con el buscarse a sí mismo, conduce a una auténtica apertura a los demás. Una apertura al amor, al amor verdadero, a un gran amor que se expresa en la entrega. Así responde Jesús al joven rico porque la persona humana se desarrolla plenamente en la donación desinteresada de sí misma.

“Los problemas humanos más debatidos y resueltos de manera diversa en la reflexión moral contemporánea se relacionan, aunque sea de modo distinto, con un problema crucial: la libertad del hombre. No hay duda de que hoy día existe una concienciación particularmente viva sobre la libertad. “Los hombres de nuestro tiempo tienen una conciencia cada vez mayor de la dignidad de la persona humana”, como constataba ya la declaración conciliar “Dignitatis humanae” sobre la libertad.

La pureza de corazón es el reflejo que expresa lo que los ojos y los oídos experimentan.

“En algunas corrientes del pensamiento moderno se ha llegado a exaltar la libertad hasta el extremo de considerarla como un absoluto, que sería la fuente de los valores”.

La vista es un don que permite admirar la belleza de la creación y de las obras humanas, pero es una ventana, igualmente, para la vigilancia. La vista empaña el alma cuando se busca el placer por y para sí mismo. Todo es bueno, porque Dios lo creó para el hombre y puso en ello su sello de Bondad. Pero nuestro egoísmo hace que la belleza se transforme en algo indigno del hombre. Desear un bien ajeno, es robar el don de Dios en otra persona. Eso se realiza con la vista. La identificación con Jesús en el “seguirle” nos enseña a dirigir sobre las personas una mirada diferente, la mirada de Dios.

Los ámbitos de realidades desde donde percibimos los valores que perseguimos son múltiples. Según la filosofía medieval, los valores trascendentales son las perfecciones puras que existen en la realidad; el ser, la verdad, el bien, la belleza, son los valores de los griegos. Pero su perfección no es común a toda realidad que vemos como “puras”, sino que la belleza es difícil de captar y definir. Parece corresponder a unas realidades personales e intransferibles que adquiere unos valores en base al uso de un potencial que se debe a su “conocer” personal.

Juan Pablo II, escribió la obra: “Hombre y mujer los creó”. Ablando sobre la actividad artística, dice que la mirada del hombre no es indiferente cuando observa “un cuerpo objetivado”, al mismo tiempo que, como hombre y cuerpo vivo, está profundamente unido al significado del modelo que contempla. “Este mirar, por su naturaleza “estético”, no puede, en la conciencia subjetiva del hombre, estar totalmente aislado de aquel “mirar” del que habla Cristo en el Sermón de la Montaña, poniendo en guardia contra la concupiscencia”. Juan Pablo II lo denomina “ethos de la visión”, la moralidad de la mirada, paralela a un “ethos de la imagen”. Saber mirar es dejar la mirada en el Corazón de Cristo. Es decir, conducirla de acuerdo con la dignidad de la persona humana, creada para sí misma por Dios y para su plenitud en Él. La persona es un don de Dios, no para un egoísmo que se queda en un sentimiento de tristeza, como la del “joven rico”, que incapaz de mirar como mira Jesús, se queda con sus propias “riquezas” y no es capaz de seguirle.

Parece que ser bueno forma parte de seguir a Jesús. La Persona de Jesús ejerce un “atractivo” permanente en quienes le siguen y, en el seguimiento, se transforma la misma naturaleza de la persona. La propia mirada de la persona actúa sobre su misma naturaleza: y “actúa”, es persona en una forma particular de “actuar”, de crear camino y ese “actuar” con Cristo es lo que constituye ser apóstol de Jesús. No significa “formar parte” de sus apóstoles solamente; ni tampoco es un desarrollo evolutivo, psicológicamente hablando, que paso a paso en el tiempo. Cada persona va imprimiendo en su vida la “esencia” de Jesús. Es un “hacer-se” junto con Él que nos va haciendo “ver”, nos va dando forma, divinizando nuestra naturaleza humana hasta llegar a ser “otro Cristo”, si nos dejamos hacer. No es un trabajo personal y solitario del que forma parte “cumplir” la ley.

“Algunas tendencias culturales contemporáneas, abogan por determinadas orientaciones éticas que tienen como centro de su pensamiento un pretendido conflicto entre la libertad y la ley. Son las doctrinas que atribuyen a cada individuo o a los grupos sociales la facultad de decidir sobre el bien y sobre el mal: la libertad humana podría “crear los valores” y gozaría de una primacía sobre la verdad, hasta el punto de que la verdad misma sería considerada una creación de la libertad; la cual reivindicaría tal grado de autonomía moral que, prácticamente, significaría su soberanía absoluta”.

Lo que dice Juan Pablo II hoy se cumple con las pretensiones soberanistas de algunas autonomías. Lo que en realidad están demandando es una “autonomía moral” sobre la verdad. Además de las explicaciones semánticas que habría que atender para comprender este concepto, hay que recordar algunas observaciones para entender el tema de verdad y libertad. El hombre es creado, por ello entendemos que hay una complejidad frente a él cuando se le presenta comprender la verdad que es pura, sin mezcla de “verdades”. Dice la filosofía griega que la verdad es un “acto puro”, “Ipsum ese” o ser simple, como dice la creencia medieval. En cambio, el hombre es naturaleza compuesta de “esencia” y “acto de ser” y éstos son, igualmente, compuestos. Por una parte, la naturaleza humana se forma de hombre-mujer, cuerpo-sentidos, … y también la esencia es compuesta; hábitos de acciones, operaciones del conocimiento, voluntades, inteligencias múltiples, … El acto de ser también es compuesto, pero es más difícil de separar y describir. La mente es frágil y no es capaz de describir todos sus movimientos y partes que actúan. No hay un orden jerárquico en esas partes, algunas trabajan simultáneamente. Sin embargo, el hombre tiene la pretensión de tener “razones” sin verdad. La libertad humana tiende a buscar la verdad, el “acto puro” de su ser, pero la libertad en acción es compleja pues se percibe desde el movimiento del proceso de conocer, de estar compuesta su actuación de variables diferentes que forman parte de un “método cognoscitivo” y el tema a conocer depende de las propias potencias de su naturaleza.

¿Cómo se llega a conocer la realidad personal? Ahí está el drama humano. El conocerse a uno mismo frente a la totalidad, la verdad. El hombre no está solo ante esa tarea. Dios sale al encuentro y nos pide actuar “con el otro”, semejante y no idéntico a nosotros mismos. El hombre necesita amar y ser amado para conocerse y conocer la verdad. Somos más de lo que percibimos de nosotros mismos. Por ello, no podemos crear la verdad a partir de un acto propio y aparentemente libre, porque estamos condicionados por la fragilidad de lo que desconocemos y no podemos descubrirlo solos. Somos “acto de ser” pero que se desenvuelve hacia “delante” con “lo otro”. Coexistimos con una naturaleza abierta, sin terminar. El hombre es un ser inacabado. Se completa en la relación con “el otro”.

Ha sido introducida por algunos teólogos moralistas una clara distinción, contraria a la doctrina católica, entre un orden ético —que tendría origen humano y valor solamente mundano—, y un orden de la salvación, para el cual tendrían importancia sólo algunas intenciones y actitudes interiores ante Dios y el prójimo. En consecuencia, se ha llegado hasta el punto de negar la existencia, en la divina Revelación, de un contenido moral específico y determinado, universalmente válido y permanente: la Palabra de Dios se limitaría a proponer una exhortación, una parénesis genérica, que luego sólo la razón autónoma tendría el cometido de llenar de determinaciones normativas verdaderamente “objetivas”, es decir, adecuadas a la situación histórica concreta.

También “la mirada” tendrá necesidad de purificación para aprender a relegar a segundo plano lo que es solamente para seguirnos a nosotros mismos y no a Cristo. La preservación de deseos más eminentes por vivir un sentido más pleno de libertada exige un dominio de sí que conserve el intelecto capaz de “seguir” a Jesús, de buscar lo bueno. Es una ayuda indispensable para la pureza de corazón y obtener un bien espiritual mayor.

Sólo las intenciones del hombre separan lo objetivo de lo subjetivo, valorando sólo lo subjetivo como principio ordenador de la realidad y dar autoría a una verdad cualificada para representar el verdadero “acto puro”, la verdad, que no encuentra la contaminación con “lo otro” en una “co-existencia” de varias naturalezas. La intención que encuentra la verdad, el “acto puro” está envuelto en el amor. El amor descontamina la naturaleza que ha co-existido con otras naturalezas que no son reales, sino creadas por el intelecto o por una voluntad desordenada. Es el hábito de la sabiduría, el saber acerca de uno mismo ante la totalidad de lo real. Es buscar la verdad con todas nuestras fuerzas y potencialidades.

Puede parecer como si la moral cristiana fuese en sí misma demasiado difícil: ardua para ser comprendida y casi imposible de practicarse. Esto es falso, porque —en términos de sencillez evangélica— consiste fundamentalmente en el seguimiento de Jesucristo, en el abandonarse a él, en el dejarse transformar por su gracia y ser renovados por su misericordia, que se alcanzan en la vida de comunión de su Iglesia. “Quien quiera vivir —nos recuerda san Agustín—, tiene en donde vivir, tiene de donde vivir. Que se acerque, que crea, que se deje incorporar para ser vivificado. No rehúya la compañía de los miembros” (182). Con la luz del Espíritu, cualquier persona puede entenderlo, incluso la menos erudita, sobre todo quien sabe conservar un “corazón entero” (Sal 86, 11). Por otra parte, esta sencillez evangélica no exime de afrontar la complejidad de la realidad, pero puede conducir a su comprensión más verdadera porque el seguimiento de Cristo clarificará progresivamente las características de la auténtica moralidad cristiana y dará, al mismo tiempo, la fuerza vital para su realización. Vigilar para que el dinamismo del seguimiento de Cristo se desarrolle de modo orgánico, sin que sean falsificadas o soslayadas sus exigencias morales —con todas las consecuencias que ello comporta— es tarea del Magisterio de la Iglesia. Quien ama a Cristo observa sus mandamientos (cf. Jn 14, 15).

“Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por los amigos” (Jn 15, 13)

Encontramos el modelo de nuestra libertad personal en la imitación de Jesucristo.

Todo bien superior exige renuncia, hasta el bien supremo que es el amor de Dios y del prójimo por Dios. La repetición de actos virtuosos fortalece esa voluntad de “seguir” a Jesucristo, en los esfuerzos por el dominio de sí mismo se alcanza la libertad de amar con mayor amplitud de corazón.

CONCLUSIÓN

Profundizar en la moral cristiana como fundada en las enseñanzas mismas de Jesucristo es comprender aquello que nos lleva a una verdad mayor, en plenitud y libertad personal, frente a los engaños de algunas actitudes que prometen una libertad engañosa, en la idea del “sin compromiso”. En favor del “compromiso” está la vocación, sacerdotal o familiar, el amor correspondido y fiel, amor fraternal y/o amor conyugal, porque son fuente de conocimiento que nos construyen desde “dentro”; como “actos de ser” verdaderos que no se cierran, sino que co-existen en un potencial creativo de la persona. El “acto de ser” con “el otro” es cognoscitivo y amante. La relación con Cristo es un con-prometer-se a seguirle hasta el final. La Iglesia abre las puertas a ese compromiso con Dios desde la consagración, o “hacer sagrado el compromiso”, para vencerse a uno mismo y sus limitaciones. La moral cristiana bebe directamente de la Fuente de la Sabiduría.

La alianza matrimonial es el modo como Dios mismo se unió con su Pueblo, al que eligió entre todos los pueblos y le dono sus Bienes y se donó a sí Mismo. Exige un “sacrificio”, no de sangre, sino de vida. El sacrifico, en un moralismo falso, se entiende como todo lo contrario a la felicidad. Pero Dios no salvó a su Pueblo para hacerle esclavo de otro, ni para hacerle infeliz. La alianza que bendice Dios es para llevar a plenitud de vida, es para donarse Él Mismo.

Se trata de aprender a ser feliz, es un proyecto común, de unidad. Ese proyecto se realiza progresivamente y no sólo en el momento de la consumación del matrimonio, cuando ni siquiera se puede decir que ambas personas se amen plenamente, pues no se han dado cuenta del plan de Dios en ellos, no han recibido plenamente los dones de Dios. Los hijos son dones muy grandes, porque exigen una nueva entrega del uno en el otro y, esa entrega no terminará hasta que el amor es pleno y se abandona el “sí mismo” para el “otro”. Es una escuela que prepara para ver a Dios cara a cara y “seguirle” sin mirar atrás. Dios tiene sus tiempos, su propia “didáctica” en su amor al hombre. Nos enseña la paciencia para ver más allá del momento presente; la castidad, que armoniza y orienta el amor; la comunicación interpersonal, que supone la búsqueda de tiempo para hablar y para escuchar, y que exige un esfuerzo continuo por comprender. El hecho de hablarse es un ejercicio de caridad, que exige paciencia y vencer la comodidad.

Es evidente que, en la vida, el amor conyugal, el matrimonio, no lo es todo. Es un medio muy profundo en su significado para alcanzar la plenitud y conocer verdaderamente el amor de Dios. Para ello es necesario sentirse amado, sentirse comprendido, confiar en el otro, mirar juntos un proyecto común, tener seguridad en el apoyo del otro en todas las circunstancias. Pero es fundamental tener a Jesucristo delante siempre, “seguirle” con nuestra mirada, con nuestro deseo. Sin Él, somos humanos, solamente.

*S. Juan Pablo II, Hombre y mujer los creó, 1981. P. 338
M. Esperanza Outón, jueves 22 febrero
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