Libertad, sentido y amor

Maestro, ¿qué he de hacer de bueno?” (Mt 19,18).

La pregunta del “Joven rico” a Jesús está referida a qué debo “hacer” puesto que necesita del “acto” para sentirse persona “buena” y conocer lo que es bueno. Esta es la pregunta que, dice Juan Pablo II, sólo Dios puede responder.

Aparentemente el joven era perfecto porque cumplía con todos los Mandamientos y, queda poco explicado en el Evangelio, pues dice que el joven se fue triste porque era muy rico. Parece una contradicción.

Reflexionar cada día o momento de hoy, en que se vive una crisis de identidad en el aspecto más íntimo de la relación en la idea amor-libertad.

Comprender aquello que nos lleva a una verdad mayor, en plenitud y libertad personal, frente a los engaños de algunas actitudes que prometen una libertad engañosa, en la idea del “sin compromiso”. En favor del “compromiso” está la vocación, sacerdotal o familiar, el amor correspondido y fiel, amor fraternal y/o amor conyugal, porque son fuente de conocimiento que nos construyen desde “dentro”; como “actos de ser” verdaderos que no se cierran, sino que co-existe en un potencial creativo de la persona. El “acto de ser” con “el otro” es cognoscitivo y amante. La relación con Cristo es un con-prometer-se a seguirle hasta el final. La Iglesia abre las puertas a ese compromiso con Dios desde la consagración, o “hacer sagrado el compromiso”, para vencerse a uno mismo y sus limitaciones. La moral cristiana bebe directamente de la Fuente de la Sabiduría.

hombre y mujer los creóJuan Pablo II, en su obra: “Hombre y mujer los creó”. Ablando sobre la actividad artística, dice que la mirada del hombre no es indiferente cuando observa “un cuerpo objetivado”, al mismo tiempo que, como hombre y cuerpo vivo, está profundamente unido al significado del modelo que contempla. “Este mirar, por su naturaleza “estético”, no puede, en la conciencia subjetiva del hombre, estar totalmente aislado de aquel “mirar” del que habla Cristo en el Sermón de la Montaña, poniendo en guardia contra la concupiscencia”.  (1) Juan Pablo II lo denomina “ethos de la visión”, la moralidad de la mirada, paralela a un “ethos de la imagen”. Saber mirar es dejar la mirada en el Corazón de Cristo. Es decir, conducirla de acuerdo con la dignidad de la persona humana, creada para sí misma por Dios y para su plenitud en Él. La persona es un don de Dios, no para un egoísmo que se queda en un sentimiento de tristeza, como la del “joven rico”, que incapaz de mirar como mira Jesús, se queda con sus propias “riquezas” y no es capaz de seguirle.

Parece que ser bueno forma parte de seguir a Jesús. Jesús ejerce un “atractivo” permanente en quienes le siguen y, en el seguimiento, se transforma la misma naturaleza de la persona. 

La repetición de actos virtuosos fortalece esa voluntad de “seguir” a Jesucristo, en los esfuerzos por el dominio de sí mismo se alcanza la libertad de amar con mayor amplitud de corazón.
[1] S. Juan Pablo II, Hombre y mujer los creó, 1981. P. 338

Conclusión

La alianza matrimonial es el modo como Dios mismo se unió con su Pueblo, al que eligió entre todos los pueblos y le dono sus Bienes y se donó a si Mismo. Exige un “sacrificio”, no de sangre, sino de vida. El sacrifico, en un “moralismo” falso, se entiende como todo lo contrario a la felicidad. Pero Dios no salvó a su Pueblo para hacerle esclavo de otro, ni para hacerle infeliz. La alianza que bendice Dios es para llevar a plenitud de vida, es para donarse Él Mismo.

Se trata de aprender a ser feliz, es un proyecto común, de unidad. Ese proyecto se realiza progresivamente y no sólo en el momento de la consumación del matrimonio, cuando ni siquiera se puede decir que ambas personas se amen plenamente, pues no se han dado cuenta del plan de Dios en ellos, no han recibido plenamente los dones de Dios. Los hijos son dones muy grandes, porque exigen una nueva entrega del uno en el otro y, esa entrega no terminará hasta que el amor es pleno y se abandona el “si mismo” para el “otro”. Es una escuela que prepara para ver a Dios cara a cara y “seguirle” sin mirar atrás. Dios tiene sus tiempos, su propia “didáctica” en su amor al hombre. Nos enseña la paciencia para ver más allá del momento presente; la castidad, que armoniza y orienta el amor; la comunicación interpersonal, que supone la búsqueda de tiempo para hablar y para escuchar, y que exige un esfuerzo continuo por comprender. El hecho de hablarse es un ejercicio de caridad, que exige paciencia y vencer la comodidad.

Es evidente que, en la vida, el amor conyugal, el matrimonio, no lo es todo. Es un medio muy profundo en su significado para alcanzar la plenitud y conocer verdaderamente el amor de Dios. Para ello es necesario sentirse amado, sentirse comprendido, confiar en el otro, mirar juntos un proyecto común, tener seguridad en el apoyo del otro en todas las circunstancias. Pero es fundamental tener a Jesucristo delante siempre, “seguirle” con nuestra mirada, con nuestro deseo. Sin Él, somos humanos, solamente.

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s