Qué ofrecer al Corazón de Jesús

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“Ciertamente la plata tiene sus criaderos, y el oro, lugar donde se refina. El hierro se saca del polvo y de la piedra se funde el cobre. Los hombres ponen término a las tinieblas, lo examinan todo perfectamente, hasta las piedras que hay en oscuridad y en sombra de muerte”.

Poema de la Creación, Libro de Job, 28

Si todo lo que existe lo ha creado Dios ¿cómo vamos a ofrecerle algo valioso? ¿No es todo suyo? Hasta nuestra vida le pertenece. ¿Cómo vamos ha ofrecer a Dios algo para agradarle a Sus ojos? Todo en nosotros es pobreza, de Él depende que nosotros vivamos.

El hombre posee una cosa preciosa para Dios, algo que le pertenece pero que nos lo dio como un Don muy valioso, es la voluntad. Nos creó libres para amarle o para abandonarle, para que Su Poder no fuera una carga para el hombre, sino un medio de salvación. Nuestra voluntad, ofrecida a Dios, lleva el nombre de “abandono” en Él, confiar plenamente todo en Él.

Dice San Francisco de Sales: Más excelente que las demás es esta virtud del abandono, porque es la crema de la caridad, el aroma de la humildad, el mérito de la paciencia y el fruto de la perseverancia; grande es esta virtud y sólo ella digna de ser practicada por los hijos más queridos de Dios. Dijo Nuestro Salvador: “Padre mío, entre tus manos entrego mi Espíritu; haced de Él lo que os plazca”. Igual deberíamos hacer nosotros, mis queridas Hermanas, en toda ocasión. Sea que suframos o gocemos, repitamos: “Padre mío, entre tus manos entrego mi espíritu, haced de mí lo que queráis”, dejándonos, de este modo, conducir por la voluntad divina, sin jamás tener en cuenta nuestra propia voluntad.
Nuestro Señor tiene un amor extremadamente tierno para con aquellos que son tan dichosos de abandonarse enteramente a sus cuidados paternales y que se dejan gobernar por su divina Providencia como a ella le place, sin entretenerse a considerar sobre si los efectos de esta Providencia les son útiles, provechosos o perjudiciales; con la seguridad de que nada nos será enviado por ese Corazón paternal y amable, ni permitirá que nos suceda nada, de lo cual Dios no pueda sacar un bien y un provecho, siempre que nosotros hayamos puesto toda nuestra confianza en Él diciéndole con toda el alma: “A tus manos entrego mi espíritu”. Y no solamente mi espíritu, sino mi alma, mi cuerpo y todo cuanto tengo, para que hagáis de todo ello lo que os plazca. Puesto que Él es nuestro Rey, hemos de someter todo cuanto tenemos a su servicio. Le debemos nuestro corazón, cuerpo y espíritu, para que Él los trate como cosa suya y nosotros nunca los empleemos sino en su servicio. Él desea que, por medio de este abandono, le testimoniemos nuestro amor y nuestra fidelidad, ya que practicándolo, Él mismo es, como nos ha demostrado, la excelencia y el ardor de su amor hacia nosotros.

(Sermón 17-4-1620. OEuvres IX, 283)

Sólo abandonándonos en Dios encontraremos la Sabiduría porque Él conoce lo más profundo de nuestro corazón y nos dará aquello que nos haga un bien espiritual, un lugar en la Tierra prometida, donde nada perece y donde seremos más felices que viviendo según nuestros gustos. Dice Job en el versículo 15: “No se dará a cambio de oro ni su precio será a peso de plata”. Nadie puede poseer la verdadera sabiduría sino cuando Dios se la ha enseñado, por Su divina Pedagogía.

 

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