Patrón de la Hispanidad

¿Cómo se combate el odio?

No se reforma el sistema de las relaciones entre los pueblos sin antes reformar el espíritu de los hombres; no se reforman las leyes sin antes reformar las costumbres.

Vida y misión de un Apóstol

La de Santiago de Zebedeo, conocido como Santiago el Mayor, patrón de numerosos pueblos y ciudades en todo el mundo, pero ante todo el patrón de España. Desembarcó en la Bética Romana, siguió caminando por la vía romana que unía la Itálica con Mérida, continuó hacia Coimbra y Braga y terminó en Iria-Flavia, Padrón, en Galicia. Tras un largo periplo por la Península Ibérica, Santiago regresó a Jerusalén y en el año 44 fue decapitado con una espada. Sus discípulos recogieron su cadáver y lo embarcaron con dirección a la Hispania Romana. Según la tradición, la nave desembarcó en la costa marítima gallega hasta el lugar donde se construirá la catedral compostelana. Más sobre el tema: Sánchez Albornoz en su obra «En los albores del culto jacobeo».

Victoria sobre el odio

A principios del siglo XX, el Papa Pío XII decía: Hay cinco luchas a sostener y cinco victorias a lograr: victoria sobre el odio; sobre la desconfianza; sobre el mezquino utilitarismo; sobre la fuerza que oprime el derecho; sobre el egoísmo que destruye la solidaridad,.. Escala que debe ser sustituido por el amor, la fe, la justicia, el derecho, la solidaridad. 

El hombre ha de saber que su vida es grande y digna sólo cuando es entendida como permanente milicia.

Contra el odio que hoy separa a los pueblos, renunciar a sistemas y prácticas de los que el odio recibe siempre su alimento; su objetivo es siempre dividir; sus armas, la mentira, la falsedad, el ultraje. ¿Cómo se combate el odio? Dice Pío XII: Con la veracidad, la justicia, la cortesía, la cooperación y el amor a Cristo.

No se dejen perder en el pensamiento y en el sentimiento de los hombres los ideales naturales de la veracidad, de la justicia, de la cortesía y de la cooperación en el bien, y, sobre todo, el sublime ideal sobrenatural del amor fraternal, traído al mundo por Cristo… El mito de la violencia, flor predilecta del odio, hizo creer a los pueblos que la regeneración puede derivar del hierro, del fuego y de la sangre, mientras que renovadas y desalentadoras experiencias han confirmado que con tales medios, no solo no se detiene, sino que se favorece la hemorragia de las linfas vitales de la civilización. _Mensaje de Navidad, 1939

Un arrogante y desordenado amor a la ciudad terrenal, de la que el hombre no es más que huésped (Hb 13, 14), ha alimentado el viento salvaje del odio, contribuyendo a desalentar el amor a la ciudad del espíritu, del que cada hombre es artífice, por cuanto tal ciudad tiene sus cimientos en la conciencia moral del hombre.

“El odio es ilógico, antes aún que inmoral; es absurdo, antes que ilícito; es una enfermedad de la mente, antes que una ponzoña del corazón”.

Comprender que el hombre es uno, y que es una esfera en la forma fundamental norma moral, tanto de sus intenciones como de sus acciones, de la acción individual como de la acción social, de la acción privada como de la pública.

PARA COMPRENDER: Las virtudes y los vicios se reflejan en la familia; los del ciudadano en el Estado y; los del Estado, en la Comunidad de los Estados. Ya que las relaciones entre Estados son relaciones entre hombres y, la moral de los Estados, es la moral de los hombres.

  • Seductora es la sensación de considerar las relaciones entre los estados como libres de las normas de la ética. Como la insolente respuesta del pirata de Alejandro Magno: Nuestras conductas son parecidas, haces tú en grande lo que yo hago en pequeño. El mal “en grande” no es disolución del mal.

Vladimiro Soloviev: “La justificación del bien”

¿El programa político que se inspira en el “divide e impera” no conduce a formas de “maldad” con que, consciente e intencionalmente, se tiende a destruir el bien ajeno, a fin de afirmar la propia excelencia? Se condena a los demás pueblos a no tener más fe en sí mismos, para poder extender sobre ellos el propio dominio.

CADA NACIÓN POSEE SU PERSONALIDAD MORAL

“¿Existen los odios internacionales? Ciertamente. Existen como una vez existió el canibalismo, cual hecho zoológico, condenado por la conciencia de los pueblos en lo que ella tiene de mejor. Llevado a un principio abstracto, este hecho pesa sobre la vida de los pueblos, perturba su sentido, detiene su pujanza, porque el sentido y la pujanza de cada pueblo depende de su acuerdo con los demás”. 

“¿Cuán nación pudiera presumir que está tan inmune de culpa o tan exenta de errores como para no tener que empezar por odiarse a sí misma?”. El odio entre las Naciones induce fácilmente a ver culpas donde sólo hay errores, o enfermedades que sólo necesitan curación, no pena”.

“La ley, aún cuando castiga, lo hace sin ira, ni pasión; es razón, no sentimiento”.

¿Odia, acaso, el juez al reo? ¿el cirujano al paciente? No toda intervención es criatura del odio. Un desdichado médico, contagiado y contagioso, a quien la sociedad sana no puede menos que exigirle, trate de curarse a sí mismo antes de pretender curar a los demás. “omnis fratrem suum homicida est” (1 Jn 3, 15).

El mal es el no-ser, “defectum boni”. Es justamente por amor al pecador que se odia su pecado (S. Tom., Sum. theol., 2-2 g. 34 a. 3).

La moral cristiana es heroica, pues el amor al enemigo es el más alto heroísmo

Los fomentadores del odio entre las naciones olvidan o niegan las múltiples razones de solidaridad y amor entre los pueblos. La unidad de la naturaleza es la primera razón del amor universal, que celebra la fraternidad de los hombres, que son imagen y semejanza de un mismo modelo. Son éstas las premisas ontológicas de la “universalidad e imperatividad” del deber moral de ayuda recíproca.

La ley moral es universal

Es absurdo pretender amar al hombre, mientras se odia lo que él tiene el derecho y el deber de amar. Sólo con el amor a lo que otro hombre ama legítimamente se podrá superar el exasperado y exasperante antagonismo de las nacionalidades que es una consecuencia del egoísmo de las naciones.

El amor es la necesaria integración de la justicia

El amor disgrega las fuerzas del mal, revelando a las naciones las posibilidades y los recursos innumerables de la concordia. La renuncia, bien entendida, no es debilidad sino fuerza, por cuanto sabe sugerir sabiamente también el sacrificio de algún derecho. Tal capacidad de renuncia no es propia de los espíritus débiles; es, en cambio, familiar para los que saben ser generosos y magnánimos, para los que no ignoran el heroísmo de la caridad.

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