Puede la cultura hablarnos de la vida o de la muerte?

“Después de estos sucesos Yahveh dirigió la palabra a Abram en una visión, diciendo: “No temas, Abram; soy para tí un escudo; tú galardón será sobremanera grande”… (Gn 15, 1)

Desde el siglo XV a. C., Dios escoge a un hombre para darle su Palabra y su Promesa de salvación. Dios mismo mostró a Abraham que su fe era lo único que le hacía merecer su favor y por ella fue enseñado y conducido a través del desierto y de todos los acontecimientos que pronosticaban más un fracaso que un éxito, para mostrarle que Dios ama al hombre y le concede una heredad que él jamás podría pensar ni conseguir por sí mismo. Dios salva a un pueblo para hacerlo merecer la Vida y se lo va mostrando con una pedagogía divina que nos ha sido transmitida por las Escrituras. Estudiadas y contrastadas con todos los documentos que han podido dar más información sobre los hechos que allí se narran. Es el único pueblo, con conciencia de Pueblo elegido, que conserva su historia narrada en forma de unidad testimoniada hasta nuestros días. La tradición oral y escrita de oriente destaca por la importancia de la “fidelidad”. La palabra era un acto de fe sobre aquello que se afirmaba; los tratos comerciales y sociales se sellaban con la palabra y, de ella, se respondía con la vida. Este gesto puede darnos una idea aproximada lo que significaba la palabra con respecto a la verdad. La mentira era castigada con la más dura muerte, ¡blasfemia! era si contradecía la Tradición. El pueblo judío, puede decirse, es el que mayor importancia concede a la “palabra de un hombre” y, posteriormente, la cultura griega se lo concedió a “la verdad”.

Hoy en día, el espectáculo, las artes, la mezcla de culturas, nos ha llevado a aceptar medias verdades o “verdades a medias”. Todo favorece la curiosidad y ésta favorece el mercado de testimonios que nos distraen y no nos informan. En la cultura antigua eso estaba diferenciado por los géneros literarios y esa modalidad bastaba para saber ante qué forma lingüística nos hallábamos. Todo menos la mentira. La mentira era asociada a traición y se pagaba con la vida. El principal genio de la mentira se representaba como el diablo, avanzado persuasor de voluntades.

La cultura surge cuando la Academia fundada por Platón reúne en su aula de Atenas a todas aquellas facultades que se asociaban con la Sabiduría, por amor a la diosa reina del Olimpo. Esa cultura era fiel a la verdad y todo su esfuerzo era despejar la duda, encontrar los principios de todo.

Hoy, el móvil de la cultura no es tanto la verdad como el dar vida a ideas y aspectos que dan forma a estructuras sociales, mayormente controlables desde el reclamo de un “slogan” o una forma concreta de dirigirse al resto de la humanidad. Poder y Cultura se han transformado en sinónimos cuando se trata de persuadir a una sociedad hacia un cambio, un giro de una norma o una implantación de una nueva ley.

Todo es perfecto excepto que observamos que hay una inclinación del plano donde oscila toda una serie de ideologías, culturas, creencias. Como cuando decimos “¡si a la vida!” y, anteriormente, nadie dudaba de ello. No se daba como “slogan”, no convivía con un “derecho a la autodeterminación”. Me refiero a la cuestión de llamar “cultura de la vida” y “cultura de la muerte” a unos aspectos fundamentales de nuestras creencias y que parecen darse como alternativa “cultural”. 

Dios escogió a Abraham por capacidad de ver certeza en lo aquello que le pedía, por su docilidad a la voluntad de Dios que era, precisamente, el don de la vida, la descendencia y la tierra: el vino y el pan (Gn 15, 1) que fueron bendecidos por Melquisedec, sacerdote del Dios altísimo. Es el vino el símbolo de la sangre, la vida del hombre y, el pan, el símbolo del alimento de la tierra para la Vida eterna. Cuando decimos “cultura de la vida” no nos estamos refiriendo al rito sacerdotal de la bendición del vino y el pan; estamos defendiendo los derechos de la persona al don que Dios mismo nos ha otorgado. Cuando decimos “cultura de la muerte”, no sabemos realmente que se trata de sesgos de las religiones arcaicas que ignoraban a Dios y practicaban ritos de sacrificios humanos para atraer sobre sí aquello que creían les otorgaba poder y superioridad frente a sus miedos. Esas costumbres se celebraban en la oscuridad de la noche, embriagados con drogas y gestos de adoración a ídolos, frecuentemente con forma de animales (Gn 19). La muerte estaba en la mente del hombre fratricida ya en las primeras generaciones. Y la muerte fratricida es condenada por Dios, como todos esos ritos y costumbres idolátricas.

La muerte de Cristo fue el culminar de todo sacrificio humano para salvar a toda la humanidad de la muerte y llevarla, por medio del seguimiento de su Evangelio, a la resurrección y la Vida eterna. Es la Promesa del Hijo de Dios, es el cumplimiento de aquella primera promesa de la descendencia de Abraham, de la Tierra prometida.

Hoy quieren hacernos creer que hay “costumbres” culturales que hay que adoptar y, de ahí, nos señalan como escándalo por no solidarizarnos con ellas. Acaban siendo ley e imponiéndose de forma absoluta, como medida preventiva. Como la “costumbre” de ser “socialmente homosexual”, sin razón que justifique que el hombre tenga por naturaleza la “opción” de su sexo y que se promueva la educación dando esa alternativa; como la “costumbre” de indicar el camino de anular un embarazo “no deseado” cuando todas las explicaciones que se argumentan pesan sobre el lado de la aniquilación del embrión en desarrollo; como la “costumbre” de entender la vida como una serie de procesos de maduración para luego ejercer una voluntad desorientada y fascinada por el éxito en todo.

Todas esas “costumbres” no fortalecen la cadena de relaciones que son necesarias para vivir plenamente la vida, la vida de una persona humana que su ánimo está puesto en conquistar lo que nos ha sido prometido,en agradecer lo que hemos obtenido de forma gratuita y en ofrecer el fruto de nuestro esfuerzo como un don devuelto al que es Dueño y Señor nuestro y de todo lo creado. Dueño es lo que nos ha costado entender cuando hemos vivido la tiranía del poder humano. No es ese “dueño” el que nos da la Vida. Dios es el Dueño de toda la Creación que puso al hombre en el centro de todo para que lo dominara y su Señorío no es el de un déspota, sino el de un Padre que primero enseña a su hijo los pasos que debe dar antes de ponerle en el camino.

Más información:

http://www.vatican.va/archive/catechism_sp/p3s2c2a5_sp.html

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