El sentimiento moral

Decía Pio XII: “Cuánto más concienzudamente la competente autoridad del Estado respeta los derechos de las minorias, tanto más segura y eficazmente puede exigir de sus miembros el leal cumplimiento de los deberes civiles, comunes a los demás ciudadanos”… El Estado se persuadira de que (según confirman las ciencias biológicas) “la espontánea fusión  y asimilación de elementos afines no debilitan la estirpe” y que en consecuencia es, en la convivencia politica, condición esencial de vida y progreso en el orden y en la paz.

En un momento de crisis, como fue la Guerra en aquel momento, el Papa pedía que la conciencia tenía que atender a respetar los derechos naturales que impulsará a los Estados a reconocer también el ámbito de las poblaciones minoritarias, el derecho de los hijos a aprender la lengua materna, que la lealtad mantendrá vivo en estas poblaciones el sentimiento del deber de no descuidar la lengua del Estado al cual pertenecen, y no servirse de la lengua propia o de la propia escuela para combatir al Estado a que tales poblaciones están orgánicamente incorporadas.

Como para la cultura y para el idioma, así para la “capacidad económica” y para la “natural fecundidad”, los impedimentos intolerables y las limitaciones absurdas, en lugar de robustecer la cooperación, provocan profundas disensiones. En cuestión de justicia no gravar a las minorias con cargas fiscales abusivas, proporcionalmente superiores a las de la mayoría, y no excluirlas de la equitativa parte de los beneficios económicos dispuestos por el Estado en favor de los súbditos.

Si la ley moral prohíbe al hombre impedir o limitar la natural fecundidad, es absurdo pensar que leyes del Estado _”Qué son leyes de los hombres y para los hombres”_ fundandose en falaces principios de superioridad de un grupo étnico sobre otro, o en presunciones de íncapacidad productiva de determinados individuos, puedan limitar o negar el derecho a la vida en una determinada categoría  de ciudadanos; esto es, negar el derecho de obedecer al imperativo “crescite et multiplicamini”; negar finalmente a los enfermos, considerados como improductivos, el derecho de esperar en la vida, o también el derecho de hacer de sus padecimientos físicos un instrumento productivo de méritos espirituales.

La amonestación del Vicario de Cristo, dice aquí el profesor Gonella, de L’Osservatore Romano, parece coincidir con algunas situaciones actuales que han entrado a formar parte de nuestro código moral por otras vias, entonces no previstas; la cultura que mueve los hilos de forma persuasoria, con el miedo a las circunstancias que se salen de nuestro control: nacimientos imprevistos, el dolor ante la muerte, el miedo a grupos “diferntes”,.. Es siempre el miedo el que deja mayores problemas cuando no se confía y no se ordenan las dificultades a una razón bien fundada y, de por sí, más propia de nuestra naturaleza humana. Razón humana limitada pero capaz de prevenir, por la ayuda de Dios, siempre ha salido ganadora frente a aquello que impedía su pleno desarrollo.

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