Repartidos por todo el mundo

“Te encargo que siempre tengas como base de tu conducta el cumplir fielmente la ley de Dios y los mandamientos de la Santa Iglesia nuestra madre. Procura que en tu casa se rece en familia y que tus hijos vean a sus padres practicar la religión, no a medias, sino en todas las cosas. Es la mejor herencia que puedes dejarles. De todo lo mucho que nosotros debemos a nuestros padres, cuya vida conserve el Señor muchos años, el mayor beneficio ha sido educarnos cristianamente y Dios les premiará este bien que nos han hecho. Procurad rezar el Rosario a la Virgen y no olvides que quien a Dios tiene nada le falta, sin hacer caso de cómo piensan otros, pues bien sabes que hay muchas cabezas destornilladas”.

Como San José Maria, muchos han sido los apóstoles del Sagrado Corazón de Jesús:

  1. Santa Margarita María de Alacoque (1647-1690)
  2. San Claudio de la Colombière (1641-1682)
  3. Beato Bernardo Francisco de Hoyos (1711-1735)
  4. Enrique Ramière (1821-1884)
  5. Beata María del Divino Corazón (Sor María Droste zu Vischering) (1863-1899)
  6. Santa Teresita del Niño Jesús (1873-1897)
  7. Santa Faustina Kowalska (1905-1938)
  8. San José María Rubio, J. S. (1864-1929), Director de la Guardia de Honor
  9. San Juan Pablo II (1920-2005)
  10. Don Francisco Cerro Chaves, (en la actualidad) Obispo de Córea (Cáceres)

San José María Rubio (1864-1929)

Madrid fue el campo de su intenso apostolado. Vivía en la residencia jesuítica de la calle de La Flor y era buscado y requerido por todo el mundo. Con sotana y roquete, la cabeza ligeramente inclinada, destellaba tal bondad que atraída sobrenaturalmente. Aunque no hablaba retóricamente como otros oradores, sin embargo sus sermones atraían a la gente y convencía porque vivía lo que predicaba. Repetía como lema: “Hacer lo que Dios quiere y querer lo que Dios hace”. Organizó, predicó y atendió personalmente a distintas misiones populares en pueblos pequeños de Madrid. Vivió una temporada de escrúpulos pero eso no le impidió dedicarse a promover obras de apostolado que hicieran bien a cuanta más gente pudiera, por eso su fama de santidad era extraordinaria en todo el Madrid de su tiempo. Intentó fundar “los discípulos de San Juan” e incluso fue sometido a un registro policial acusado de crear un nuevo instituto religioso. Cuando los superiores le prohibieron esta actividad, lo aceptó de tan buena forma diciendo: “No busco más que cumplir la santísima voluntad de Dios”. Cuando le removieron de su cargo de Director de las Marías de los Sagrarios y del Boletín “La Guardia de Honor”, manifestó: “Debo ser tonto. No me cuesta obedecer”.

Mientras tanto, había que permanecer más de tres horas en la fila para confesarse con él. Atendía a todos por igual y por orden, lo mismo a marquesas que a pobres. Gozaba de dones místicos e incluso de gracias especiales sobrenaturales, como el don de profecía y de videncia. Comprobaron estar a la vez y a la misma hora en el confesionario y visitando a un enfermo. Escuchaba íntimamente llamadas de socorro a distancia y hasta el aviso de una madre fallecida para ir a atender a su hijo incrédulo. Un día de carnaval, un grupo de comparsa le había preparado una trampa, llamándolo a una casa de citas para administrar los últimos sacramentos a un enfermo. Uno de ellos, en la cama se hacía pasar por moribundo para que se rieran los demás y dar ocasión de fotografiar al Padre Rubio en esta ocasión “ridícula”. Al entrar él en el prostíbulo con intención de atender al enfermo, descubrió que estaba realmente muerto. Fue tal la impresión que dos de aquel grupo se hicieron religiosos poco después.

Ejerció su ministerio pastoral con una dimensión social en los suburbios más pobres de Madrid, singularmente en el de La Ventilla, donde los movimientos revolucionarios encendían a la clase obrera. Fundó escuelas, predicó la Palabra de Dios y fue formador de muchos cristianos que morirían mártires durante la persecución religiosa en España.

Su testamento, en una charla a las “Marías de los Sagrarios”, fue el de exhortar a realizar una “liga secreta” de personas que vivieran la perfección en medio del mundo, promoviendo así una forma de consagración que más tarde se concretaría en los institutos seculares. Presintió su propia muerte y hasta llegó a despedirse de sus amigos. A finales de abril de 1929, viéndolo debilitado por su intenso trabajo y por su dolorosa enfermedad, los superiores lo transfirieron al noviciado de Aranjuez para que reposara. Allí, después de haber roto por humildad sus apuntes espirituales, decía: “Señor, si quieres llevarme ahora, estoy preparado”. “Abandono, abandono”. A los tres días después de su llegada, el 2 de mayo de 1929, en una butaca dijo: “Ahora me voy” y expiró por una angina de pecho. En todo Madrid no se hablaba de otra cosa: “¡Ha muerto un santo!”. Miles de personas asistieron a su funeral y entierro. Sus restos fueron inhumados en el cementerio del mismo noviciado, pero en 1953 fueron trasladados a la nueva Casa Profesa de Madrid.

Fue beatificado en Roma por el Papa Juan Pablo II el 6 de octubre de 1985, sus reliquias están en una Casa de la Compañía, en el claustro junto a la iglesia parroquial del Sagrado Corazón y San Francisco de Borja, Maldonado, nº 1, y su memoria litúrgica se viene celebrando el 4 de mayo.

En la presentación del libro “Como Lámpara encendida” de Pedro Miguel Lamet (2003) se describe la sociedad española y la vida del santo san José María Rubio: “Una pequeña oligarquía, compuesta principalmente por grandes propietarios rurales, industriales y los políticos conservadores y liberales, que se turnan en el poder, gobierna torpemente frente a unas marginadas masas campesinas que representan más del sesenta por ciento de la población activa del país. Esta población vive hundida en la miseria y será terreno fértil a las ideas anarquistas, sobre todo en Andalucía y Extremadura. Mientras el propietario urbano también hambriento e inmigrante vive creando los primeros suburbios en las grandes ciudades y comienza a adherirse a las corrientes del movimiento obrero internacional…” Este es el ambiente en el que san José María vivió y dónde se dedicó a cuidar de las personas que habitaban en los suburbios de Madrid. “Cientos de testimonios, que contiene su proceso de canonización, muestran que a la gente no le interesaba tanto lo que decía, sino lo que vivía. En una palabra: él mismo era el mensaje“.

“Éste es el camino en las horas amargas. ¿Qué hace el Divino Corazón en su aflicción y amargura? Retirarse a orar. Y añade: “Quedaos aquí vosotros y procurad orar conmigo, no os durmáis, estad vigilantes y haced oración aquí, como yo voy a hacerla en mayor soledad y recogimiento”. Apartado ya de ellos y solo por su Eterno Padre, se pone de rodillas y, como hombre, adora con profunda reverencia a la majestad de Dios Padre, y colocada la frente en el suelo, entra de lleno en la oración, prolongándola hasta una hora…”

Fuente: Su vida en "Como lámpara encendida", Pedro Miguel Lamet (2003)
http://www.conferenciaepiscopal.nom.es/santos/biografias/JoseMariaRubio.htm
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